CUENTOS CORTOS



EL DÍA QUE EL HOMBRE SE IRGUIÓ ENTRE LOS ANIMALES

Cuando la Mano Inmortal creó las galaxias y los astros, cuando la flora y la fauna hermosearon bajo el cálido sol, brotó de la tierra un animal que se irguió entre sus iguales, alardeando de poseer la virtud del raciocinio –así como el halcón posee su virtuosa vista o la serpiente posee ese innato veneno mortal y cada cual con lo suyo.
Luego, cada uno de ellos creó su lenguaje para dar nacimiento al maravilloso mundo del pensamiento y las ideas que se materializan a traves del sonido, y cada cual a su manera: los pajaros con su canto, el jaguar con su rugido, el grillo con sus extremidades, la serpiente con su silencio...
Y fue aquel día en que el que se habia levantado dijo:
- A ti, plumífero ser, te llamaré Ave, a aquel que aúlla le diré Lobo; tú que andas bajo el agua serás Pez y reptiles serán aquellos de andar atrofiado. Tú, que con ígneos ojos y dorada melena me miras, serás León y nosotros, quienes poseemos la mejor de las virtudes corpóreas, seremos Humanidad y todo aquí estará a nuestra merced, porque el Creador nos ha premiado, repito, con la mejor de las virtudes, gracias a la cual hemos creado el lenguaje que, a su vez, creará nuevas formas.
Más un Guacamayo, que de tanto escucharlo había aprendido su leguaje, le dijo desde la copa de un árbol:
- Tu naturaleza humana te permite correr, saltar y nadar, pero ese don que llamas Inteligencia no te permite volar.
Entonces el león, el reptil, el pez, el ave y el lobo, sin comprender los sonidos ni los movimientos de aquel bípedo animal, dieron media vuelta y se inmiscuyeron en sus asuntos, los cuales no difieren mucho de los de la Humanidad, poseedora y ostentadora de la hermosa Inteligencia con la cual crearía instrumentos para matar, cazar y defenderse de los felinos, tejería redes para pescar, trampas para los reptiles y crearía flechas para divertirse matando aves y todo lo que estuviera fuera de su alcance.
Desde entonces continúa la Humanidad observando y nombrando todo lo que se encuentra o inventa, o modifica. Y desde entonces se escucha el eco de su cháchara divisionista: “Esto que aquí a mi lado yace sin vida será llamado Muerte y a ti, que caminas dando tumbos, a ti te llamaré Imbécil; a aquel de acullá lo azotaré mientras le llamo Maldito, y a aquellos de más allá, aquellos que iluminan con su mirada, quienes tienen el pecho henchido de paz y calor en las manos, llevarán un nombre sagrado”.

LAS VISIONES DEL NIÑO SOMA

Horribles visiones poblaban los ojos del pequeño Barrabás Soma, visiones que impedían al niño conducirse con los ojos abiertos, visiones que revivían siempre que sus parpados intentaban liberarse de la temible traba del terror. Sólo de aquel modo cegador era palpable el sosiego. Tan terroríficas eran aquellas visiones que sus ojos miraban sin comprender y sus pensamientos se enmarañaban cual lanoso ovillo. ¡Cuántos gritos y dolores manifestaba aquel pequeño y funesto niño siempre que sus párpados osaban separarse los unos de los otros!
Sus padres, apremiados por el dolor, intentaron todo lo que sus medios les permitían, sin olvidar lo que aquellos no les concedían. Consultaron brujos, médicos, hechiceros y puritanos curanderos. También visitaron a los impíos; pero los resultados eran siempre los mismos: visiones inextirpables e incognoscibles. Rogaron a Dios en sus mil modos y veneraron sus mil nombres, mas el triste veredicto permanecía: inherentes y estables visiones imposibles de extinguir sino con la ceguera “voluntaria” del niño, si es que a eso podía llamársele voluntad y no resignación.
Nada hubo que mejorara la salud del pequeño que, dicho sea de paso, era estable. Pues, a pesar de las terroríficas visiones el niño gozaba de un envidiable estado corporal. Ya comenzaba a destacarse entre sus pares por su atlética forma y fantástica belleza: sus cabellos eran oscuros como su visión, los matices de su piel, en contraste, eran pálidos como la muerte y sus ojos, cuando abiertos, dejaban entrever el codiciado color del oro rojizo; como si tras ellos se desatara un incendio embravecido.
Aquella singular belleza podía ser apreciada por todos menos por el alma poseída. ¡Cuánta desdicha, cuánta desgracia hay en contener algo de lo que no puede gozarse!
Año tras año y día a día intentaría el pequeño Soma, armado de un ejército de cándidas esperanzas, abrir sus temblorosos ojos y ver extinguidos los tormentos que eran sus visiones, pero siempre era con la desilusión con quien se encontraba esos años tras años y aquellos días tras días. Ni el tiempo actuaba en favor de ese funesto ser… el tiempo, que todo lo modifica, parecía no hacer caso de aquel pequeño hombrecito.
Ya avanzada su edad, muertos por la vejez sus padres y deudos y agotadas todas las posibilidades, incluso la más aciaga, la más terrorífica, la de quitarse la vida, Barrabás Soma continúa paralizado en el mismo sitio que cuando pequeño… pero las esperanzas vanas son para él fortaleza y aliento, y no hay nada en el mundo ni en el cielo que pueda consolarlo más que el esperar al siguiente alba, y entonces intentar –una vez más en vano- abrir los ojos sin tormento.

LA PASTORCITA

Apacible camina la Luz Clara tras su rebaño de somnolientas ovejas. Anda con la lentitud de la aurora, desafiando casi el paso imperceptible de azuladas nubes sobre los cerros escamados de florecientes terrazas, silenciosa y con cuidado de no apurarlas en su marcha desganada; las manos enredadas por detrás, como el traidor pronto a fusilar y no con mejor azar.
La vista cansada que se arrastra por el suelo y el pensamiento lejano le impiden descubrir los primeros rayos del día que, cual valioso regalo a su piel de tabaco, se filtran por entre las esponjosas nubes para estrellarse contra esa carne santa y virgen; no ve el vuelo rosado de la parihuana que corta con el filo de sus alas la lasitud del cielo. Sólo la punta gastada de sus sandalias ve la Luz Clara, y el lomo de sus animales rezagados.
Piensa en la comodidad de la ciudad y proyecta un futuro sin la pesada carga del aguayo, en la estirpe que ha de vestir y cuidar, ¡y despedir con un beso en la frente antes de su camino a la escuela!  Imagina y huele los manjares que cocinará para un esposo intachable que, aliviado y alegre, regresará del trabajo con ansias de contar los pormenores de su jornada; siente la suavidad de aún no confeccionadas ropas, el calor de un fuego que, sin consumirse, repiquetea amistoso y benévolo bajo la hoguera de rojos ladrillos…
Humedecidos sus ojos negros, estirados como almendras, destilan la añoranza yerma de un mundo esquivo, lejano, mientras sus pies reconocen la amabilidad de un familiar llano verdoso y acolchonado donde ya la vanguardia de su rebaño pasta con desenfado; y son como grandes pelotas de trapo olvidadas por un manojo de niños.
Se sienta, pues, a la vera del camino y del llano sobre la hierba, ocultas las piernas bajo los pliegues de su pollera, a esperar que sus animales se hastíen del fresco verdor y ella de tan imponente pero austero derredor.
Y cuanto más avanza el día sobre el ruedo de la mañana más se ensombrece su mirada, como si en esos ojos infieles las tinieblas se refugiaran y allí echaran negras raíces, poderosas como cadenas.
Teje la araña su trampa a la sombra de un cómplice eucalipto y la pastorcita sus trenzas, descuidadas sus manos autómatas hacen y deshacen; y es como una Penélope funesta combatiendo el hastío impalpable con las manos. Canta la alegría en los gorriones, grita el placer subiendo desde la costa en los balidos de una cabra, el desconsuelo y el encono bailan, convulsos, la danza de la victoria sobre la jovencita. Del otro lado de la isla comienzan a tremolar, tímidos, los primeros suspiros de una quena que parece un canto, un himno apasionado a Wiracocha, al Tata Inti o los espíritus del Lago… Pero no es eso, ella conoce esa melodía, es la quena de su prometido al que no quiere y la interpreta, válidamente, como un réquiem a la vida, el suspiro de la muerte.
Pronto cobra su mirada el vigor de un espíritu decidido, brillan sus ojos con el fulgor de la vida que resurge o resucita y comienza a andar con paso firme al ritmo redoblado de la caña silbante y, dejando atrás su rebaño, corre hasta el lomo escarpado del cerro… salta hacia las aguas sagradas del Lago para co-fundirse en un nado eterno.
Con los brazos y las piernas abiertas cae y siente cómo el aire presiona su carne –talvez intentando detener su precipitado designio- y sonríe, sonríe mientras ve las aguas de plata fundida por el soplo del Tata que, solemnes, la esperan como una luz clara, silenciosas para recibirla y protegerla por siempre. Suena el último quejido de la caña tras el cerro y al enamorado que llama:
- ¡Luz Clara, Luz Clara! ¿Dónde estás, morenita?

LA DANZA DEL REENCUENTRO

Lloraba el pequeño W. porque en la confusión de la ciudad no encontraba a su padre, lloraba cuando un extraño ser le tomó de la mano y llevó hacia un apartado lugar, donde la naturaleza se erguía imponente, fabulosa.
De pronto, mientras el niño se enjugaba las dolorosas lágrimas, presentáronse bailando incontables seres alados e inhumanos, mas de simetrías similares. Todos cantaban dulces melodías, todos presentaban sobre sus cabezas una marca como la que lleva en los ojos quien está condenado. Inocentemente atónito, el pequeño W. observaba aquel alegre acontecimiento.
Los inhumanos bailarines desplegaban sus alas y revoloteaban en corro del niño batiendo palmas al tiempo que otros silbaban armoniosas frecuencias. Unos escupían fuego hacia el Sol, otros levantaban los brazos hacia el Todo. Así, movido por desconocida inquietud, el pequeño W. se puso a bailar levantando los brazos hacia el Todo –pues escupir fuego aún no sabía.
Y así, bailando y cantando y riendo se secaron del todo las lágrimas del niño hasta que brotaron nuevamente a causa del extremo deleite. Y bailando y cantando y llorando de alegría llegó el pequeño W. hacia los brazos de su descuidado padre  que aún lo buscaba y que ya le reprendía y castigaba, sin darse cuenta de que aquel castigo sería para él mismo.

LA VISION SURREALISTA

Sentado frente a una tostada pintarrajeada con manteca y dulce de moras al peor estilo cubista, aún ardientes los ojos y el cerebro realentado, Abelardo piensa en la bizarra realidad mundial que, con tanto esfuerzo, nos empeñamos en disimular y se pregunta por qué las palabras tienen más peso en la balanza de la mente frente al valor de los ojos y por qué, cuando escucha la palabra "chicato", se dibuja en su mente la cóncava perfección de unos lentes y no el cóncavo rostro de un chino. ¿No son, al fin y al cabo, dos tostadas diferentes, acaso deba decir dos no-tostadas, los trozos de un pan bífido saturado con distintos tonos de dulce, dos mundos aparte, dos universos personales y aislados en la hermandad de la mermelada?
“Sí, las palabras, incoloras y sin materia, marcan sorprendentemente el derredor de la raza, se posan sobre las cosas, deformándolas durante unas horas eternas; de modo que su invisibilidad se viste con el color y la forma de un objeto determinado, y su no-materia carga con todo el peso de un término riguroso” –se dice Abelardo mientras por la ventana se filtra la mañana recién despierta, fría y con fiaca, sosteniendo en su regazo el vuelo de las verdosas cotorras del barrio.
El hombre se asoma a la calle, entornados los ojos se esfuerzan por enfocar el paso lento de un informe capullo de lana en la vereda de enfrente.
Azulado y borroso, lleva el capullo en los extremos pequeñas porciones de pan tostado y de higo. Se mueve con lentitud constante en una misma dirección y parece tener plena conciencia del mundo actual pues, se detiene en la esquina cercana ante el bocinazo de otro capullo, metálico y veloz pero con la misma inconsistencia molecular que le brinda esa textura borrosa.
Clara y justificadamente sorprendido, Abelardo se deja llevar por la curiosidad que mató al gato y se desliza, aún con los dedos manchados de dulce, por la ventana. Y camina tras aquel ser-capullo lanudo-borroso que, a juzgar por el movimiento y la cadencia de su paso, podría llamarse de naturaleza humana.
Mas cuando, ya aburrido por la monotonía del andar tras el ser-lanudo, su visión se amplía hacia los demás puntos del plano -¡Enorme sorpresa!- ve que aquel capullo no está solo. No, a cada lado de las veredas se yerguen, imperceptiblemente móviles y susurrantes como el río nocturno, contadas manchas duales de verde y marrón que emulan militares de una nación extranjera en custodia de la realidad moral del Pueblo.
Y se detiene ante uno de los militares con una pregunta que erupciona desde el volcán de su pecho, continuando su marcha ante la respuesta silenciosa. Va en dirección a la zona comercial del barrio que asoma tras tres cuadras, con todo el fulguroso esplendor de sus arcos voltaicos y sus carteles de neón que tiñen las vidrieras con su luz de celofán.
El barrio parece extrañamente cambiado, todo, absolutamente todo, posee un brillo más intenso y particular que de costumbre y las formas, antes rigurosamente limitantes, ahora se presentan indefinibles. Y en las esquinas lejanas puede el hombre ver cómo enormes gargantas de vidrio engullen los capullos autómatas.
Amedrentado, pues, ante la visión de un mundo no diferente sino contrario al de la costumbre o la convención mundial, un mundo que no es para nada alentador en la impensada conciencia del ciudadano modelo instruido por la moda y el propagandismo de un mundo vacuo. Abelardo apresura sus pasos sobre unas veredas rugosas y también borrosas, como si su mismo material, molido y volátil, descansara sobre la base sólida de su cuerpo, como la neblina de un campo invernal.
Y corre en dirección a una esquina donde se descubre un sol fijo que brilla con la intensidad de un farol. Desesperado, se deja tragar por la vítrea garganta y ve, con delineada sorpresa, cómo lo aguarda, tras un mostrador de borroneada melanina, aquel capullo lanoso que en los extremos lleva pequeñas porciones pan tostado y de higo negro. Aliviado, ve cómo se le acerca en el silencio de la mañana y le extiende, con firme brazo informe, sus reparados anteojos.

MADAME MALBEC

Víctor Hugo cierra los ojos, la radio escupe un tango, reclina la cabeza, deja la boca entreabierta y un vaso de vino descansa en su mano izquierda. Suena el timbre a destiempo y en un tono que no encuentra lugar en la melodía del tema, es Clara. La puerta se abre, se desgarra el telón para que uno y otro puedan observarse: ella el rostro bendito de Víctor, éste la botella en su cónica mano.
“Una morena y una botella de vino... ¿Qué más podría pedir?” –piensa el borracho... “¡Una o dos botellas más!” –contesta una voz vibrando tras sus ojos negros.
- ¿Qué tal Clara? Ven, ven pasa. ¿Cómo estás? ¿El trabajo? ¿Las guaguas? ¿Qué fue de tu vida en estos días? ¿Y tu marido... cómo se llamaba? Ah sí, sí, Ernesto... ¿Cómo está él? ¿Ya se mejoró de ese “cierto problema”? Ay, discúlpame, que descortés soy... ¿un poco de vino?
- Y sí –contesta a esta última pregunta la mujer.
Las palabras fueron devoradas en tres minutos, todas las formalidades fueron veloz y respectivamente representadas. Fue entonces cuando empezó el drama.
Por la mañana, con aguda resaca y oliendo rancio, Víctor Hugo estira el brazo para sentir el calor de Clara, pero en su lugar no encuentra más que a madame Malbec desparramada sobre las pálidas sábanas.

LECTURA

Silencio, la novela que se disuelve página tras página tiembla en mis manos, el vaso de vino, barato, descansa a mi vera y el cigarro, olvidado, humea entre mis dedos hasta consumirse y quemarme para devolverme al elástico sillón, ese sillón negro y verde cálido en donde mi cabeza tanto gusta recostarse para olvidar el repentino dolor o desear, saborear la paz del instante donde nada falta.
Repentinamente, golpe silencioso, ante mis ojos se posa la oscuridad y el primer pensamiento me dice: “¡Estoy ciego!” El segundo, menos precipitado, menos estúpido, me convence: “No hay por qué inquietarse, las pupilas ya comienzan su lenta adaptación, poco a poco se dibujan los contornos de las cosas”. El barrio enmudece involuntariamente, oscuro y a la imaginación perverso.
Pruebo con la llave de la corriente, con la toma de luz, con la estupidez y con la lámpara de kerosene hasta que el impulso me conduce a probar la suerte en las casas vecinas: Efectivamente, el barrio se esconde bajo la noche real y la artificiosa, volviéndose una inmensa masa dura, fría y azulada.
Justo en el momento en que el protagonista Judas se preparaba, luego de tantas páginas de incertidumbres y miedos, para ir a la casa del enemigo que duerme. Precisas diez páginas antes del gran final, diez o quince minutos de luz hubieran bastado para terminar la ejemplar novela o, al menos, para emprender cualquier otra actividad de luz carente. En fin, la luz no está más que en la alta esfera nocturna que, imponente, se alza más y más, pero que es insuficiente para iluminar el libro o la hoja de un escritor que se resiente.
Así, hastiado, dejo caer mi cigarro –uno nuevo y no el que me quemó sin compadecerse-, y dejo que el piso alfombrado se incendie. Dejo que las llamas expongan la habitación y los cuartos que asoman tras las puertas abiertas. Contemplo el fuego que se abre camino entre los pliegues de las cortinas y la madera que hace tiempo convirtióse en sillas, mesas y muebles, dejo que las llamas consuman la novela temblorosa –y con ella el protagonista y toda la madeja de acontecimientos. Finalmente, ya incapaz de soportar y convivir con ese fuego que a sí mismo se enloquece, dejo que del libro se abra paso hasta mis brazos a través de mis manos para que, desde allí, fueguina serpiente, reine sobre mis hombros...
Después un grito de muerte... el fuego dominando mi cuerpo y las convulsiones previas a lo que será la quietud de un ceniciento ambiente, sin luz y sin gente, un ambiente sin novelas ni realidades –si es que hay alguna diferencia. Un ambiente vacío: sin sillones ni escritores ni mesas ni protagonistas ni personas acosadas por la dicha o la tristeza.

COSA DE LOCOS

- Disculpe, ¿podría usted indicarme el camino hacia la Playa del Sol? Como verá… no soy de estos lugares –indagó el forastero a un viejo del pueblo que se empeñaba en luchar contra ese algo que se inquietaba en su nariz, atizándolo con el índice. Alzando y abriendo en demasía los ojos, con el dedo aún obstruyendo la fosa izquierda y ahuyentando un insecto invisible con su diestra, le contestó:
- ¿La Playa del Sol? –un hilo de baba se estiraba lentamente desde la comisura izquierda de sus labios, sin solución de continuidad- ¿La playita? ¡Cómo no ha de saberlo este viejo que no conoce más que este enrojecido suelo que ligó como única herencia! Conozco de palmo a palmo mi pueblo, desde el Paraná del Este hasta las selvas que se espesan allá en el Oeste, de Norte a Sur, arcos y bosques… cada centímetro de tierra descansa en mi memoria luminosa, donde todo fue escrito con imborrable tinta sobre la cortina de luz que descansa tras mis ojos –el viejo ahuyentaba ahora con ambos brazos a, por lo que parecía, decenas de insectos.
En el rostro del forastero comandaba una brillante palidez y por su expresión podríasele juzgar retrasado. Del viejo desprendíase un fortísimo hedor, pútrido aroma, como el de la muerte en descomposición, cada vez que abría la boca. Fétida materia de sus palabras.
- Siga como viene compadre, siga por el camino entre la vegetación espesa; a su izquierda, a mitad de camino, una callecita le llevará a la casa de don Desolación, no lo visite, no está en su casa hace ya más de cinco décadas y dos años. Siga por el sendero unos cuantos metros y luego doble a la izquierda... se lo indicará una flor. Camine en círculos, o en espiral si usted lo desea, extranjero, en la dirección de la tierra... ¡y deténgase por el amor de diosito! Deténgase cuando el Gusano de las grandes alas lo encuentre. Entonces debe escapar hacia el río y sumergirse... sumergirse en la oscuridad de lo profundo. Finalmente, cuando ya sus pies no sean más que estorbo y pesada carga… vaya usted por las nubes.
- Imbécil… -dijo el forastero entre dientes mientras el viejo volvía a su sitio y sus manos retomaban estúpidamente las previas labores.
El hombre continuó por el mismo camino que venía siguiendo, reanudando tranquilamente la marcha. Destilaban sus pasos un líquido extraño que, mezclándose con la tierra ferrosa, simulaban la sangre recién derramada de un mártir o la víctima de un sacrificio sin fundamentos, si es que alguno los tiene.
Y así anduvo incontables metros en línea curva hasta encontrar, a mitad de camino, la callecita que terminaba en la casa desierta de don Desolación y la pasó por alto, como le había indicado el viejo. Continuó por el mismo camino hasta que una flor le indicara con gestos, porque su voz no era lo necesariamente estertórea como para ser captada por el humano oído, la izquierda. El camino se hacía cada vez más estrecho, agobiado por la caída de mil lianas y plantas, como una galería de techo bajo y espeso. Así se presentaba el paisaje al forastero, que recordaba la pasada infancia en la casa paterna, atravesada por una galería en la que desembocaban todas las puertas.
Caminó en círculos, o en espirales cuando él lo sintiera, en dirección Oeste-Este, como la tierra. Caminó hasta el agotamiento en busca del Gusano de las grandes alas y, no pudiéndolo hallar, se recostó sobre la hierba para recobrar el aliento. Así, recordando su juventud y adolescencia, trayendo hacia aquél lejano lugar las memorias de un tiempo aún más distante, se quedó dormido.
Entonces el Gusano, de grandes alas, se le apareció en un sueño. Era repulsivo e inmenso y su cuerpo parecía inmóvil, muerto, pero lo cierto es que se movía imperceptiblemente, como agobiado por un dolor extremo. Sus alas, provistas de renegridas plumas, dormían plegadas sobre el lomo pegajoso y repulsivo.
El forastero despertó de un salto, no sabiendo si se trataba de un sueño o si la vida, proyección histriónica, le jugaba una vez más uno de sus humores funestos.
Y escapó de aquel lugar sin volver los ojos, corrió con la velocidad del mamífero que acelera por mantener aún atada a la vida, corrió hasta el Paraná verdoso y tranquilo y sumergióse. Sumergióse y la corriente le mantuvo a flote sin esfuerzo. Por unos momentos el cálido líquido le condujo a los últimos años de vida, pasando frente a sus ojos con rapidez inaudita, hasta aquel preciso momento. Las fétidas palabras del viejo parecían perseguirle en monótona reverberación. Pero lo cierto es que yacían silenciosas, sepultadas bajo sus fosas.
Entonces, cuando los pies comenzaban a parecerle un estorbo, una pesada carga que le acercaban a la oscuridad de lo profundo… se fue por las nubes.

MR. RAYMOND Y DON DOMINGO

Mr. Raymond se hallaba aquél día en la gran Capital, populosa y de construcciones atestada, y caminaba por la avenida Corrientes a la vez que se preguntaba por qué allí no se veía más que naturaleza modificada.
En el camino al teatro Colón –la orquesta ya debería estar afinada, dispuesta para comenzar y él aun paseando con su entrada en el bolsillo- se chocó a un niño de aproximados ocho años que pedía monedas entre la gente al que, a pesar de la ensayada mirada lastimera y de sus manitos tan sucias, le dijo que no tenía más dinero. Unas cuadras más adelante, cuando el gentío se hacía más y más pegajoso, se le acercó un ladrón que furtivamente le quitó todo lo que tenía menos los veinte pesos que, con gran celo, siempre guardaba entre su ropa interior y su cálido vientre.
Finalmente, ya desencantado de ir al teatro y antes de alcanzar el hotel donde refugiarse de todo ese infierno contaminante y perverso, malhumorado, encontró a un pordiosero que alzaba su trémula mano y con un gemido pedía limosna. Mr. Raymond sintió una gran compasión por el desdichado y, metiendo en el vientre su mano, sacó sus últimos veinte pesos, diciendo:
- ¿Qué harás con ellos? –el pordiosero se aferraba con pasión de uno de los extremos del billete mientras Mr. Raymond hacía lo mismo desde el otro lado- ¿Qué harás con ellos, asqueroso tipejo?
- Los convertiré en vino, mi pasión y mi consuelo.
Soltó Mr. Raymond de su extremo y se marchó raudo e indignado a refugiarse en los dulces sueños. El asqueroso tipejo corrió al almacén más cercano, compró vino y fulminó más de un sentimiento con un trago.

EL DESMEMORIADO

La vida de Barrunte era una batalla constante entre la memoria y el olvido. Era un hombre que siempre olvidaba lo pasado, de forma inconsciente y carente de explicación lógica alguna.
A sus veinte años había ya olvidado la infancia, a los treinta la adolescencia y a los cuarenta ya no recordaba las amistades, la familia o los golpes del tiempo; ya se olvidaba de sus creencias, de sus ideales e incluso su nombre yacía junto al olvido.
Los únicos recuerdos que cabían en su mente eran los símbolos o interpretaciones de los sucesos cotidianos de la vida. Sí, la sabiduría que se obtiene con la experiencia y el sucesivo raciocinio, perduraba inmaculada en su cerebro.
Cada mañana se sorprendía Barrunte con las cosas de todos los días, y cada noche, recostado en su catre, si es que era el suyo y si realmente se trataba de un catre, intentaba imaginar con qué lo sorprendería la siguiente mañana.
Ya no recordaba absolutamente nada, no sabía lo que era esa inmensa y fueguina esfera que se alzaba sobre su cabeza todos los días, ni recordaba para qué le servía aquel extraño artefacto de cilíndrica forma que, cuando lo soplaba, expulsaba agudos y desafinados sonidos. En aquellos días ya no sabía, no recordaba si era humano o la proyección de un pasado constante, o el protagonista en el sueño de un loco, la visión de un mago.
Una mañana se creía niño hasta que algo o alguien le demostrara lo contrario, un mediodía se decía a sí mismo el hijo de un dios hasta que tropezaba con “una de esas cosas informes que siempre me dificultan el camino cuando todo parece limpio, despejado” –como él mismo decía- y se retractaba de aquella opinión. Una noche se creyó un vampiro y, vestido de negro, salió a morder los cuellos del prójimo; al siguiente alba despertó creyendo ser un sacerdote y, equivocando lo que aquello significaba -al parecer-, se empeñó en prender fuego al quien le faltara el respeto.
Así continuaría hasta el día en que habría de morir aplastado bajo las ruedas de un inmenso camión, aquel día Barrunte también olvidaría su muerte.
Y entonces, olvidando la muerte, regresaría a la vida.

EL ÚLTIMO DIA

Llegó el día en que la humanidad comprendió la inutilidad de la acción material, día en que los hombres entendieron que Temor es la traba al Amor. Así, regocijados todos bajo un abrazador consuelo inmaterial, consagráronse a la labor más eximia de todas: la renunciación.
Y todos y cada uno de los habitantes del mundo se quitaron las vestiduras –pues no son sino simple materia- y olvidaron todo lo que alguna vez poseyeron; marchando así, hacia la morada del Sol.

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