Provocado por la necesidad y la insaciable codicia, poderosos y peligrosos motores humanos, el señor Equis planeaba inventar algo nuevo, útil y accesible a todo bolsillo humano. Sentado sobre su escritorio y los pies sobre la silla observaba la pared opuesta con el ceño fruncido, como empeñado en descubrir los contornos de su futuro invento en la filtrada humedad de las grietas, pensaba en un artefacto para la limpieza del hogar o con el cual la persona podría desempeñarse hábil, rápida y fácilmente en la cocina pero… no, no era eso lo que Equis deseaba. Su imaginación y su deseo lo llevaban más allá de aquel mundo banal o superfluo; entonces se dibujaba en su frente la forma de un desconocido objeto que por su aspecto parecería útil al albañil o al carpintero, mas pronto convertía en humo cada idea, por creerla demasiado inútil para el verdadero progreso.
Sus pretensiones no parecían amoldarse al tamaño de su billetera por dos cuestiones: por no tener demasiado como para invertirlo en un proyecto que requiera de costosos materiales y, en segundo lugar, la imposibilidad en que se hallaba en aquél momento de su existencia en donde no tenía ni amigos ni familiares que le dieran una mano; sin contar com la inquietud de un estómago repleto de aire que a cada momento gruñía por desconocer lo que es un buen guiso o una cena acompañada con vino. Mas todo aquello parecía no importarle, no tenerlo en cuenta o, peor aún, desconocerlo por vivir un fructífero futuro que es destilado del pesaroso presente.
Equis se restregaba nerviosamente los ojos, la sien y, finalmente, ya desesperado, se frotaba con la vehemencia de un loco el rostro completo. Los pensamientos acudían presurosos a su mente, centenares de formas se alzaban desde la nada como variantes de su invento y los cálculos –lógicos y matemáticos, o matemáticamente lógicos- se multiplicaban unos con otros. Entonces Equis arrojaba su lápiz como un dardo hacia la ventana o alejaba de sí la silla con un puntapié, cuando no florecía su furiosa descarga en un grito desde su temblorosa garganta.
Letárgicas noches pasaría el desesperado inventor, durmiendo pocas horas durante el día, acosado por un insomnio famélico y nervioso. Mas pronto hallaría su mente la panacea que calmara sus ímpetus, celestial ungüento para su estómago hambriento.
El señor Equis observaba aquella noche acodado en su ventana las calles negras, se encontraba anormalmente ansioso, lo que tomó como un signo de aliento y presunta premonición del cercano advenimiento. Así es que devoraba con los ojos las baldosas y las fachadas, como dos fieras se paseaban sus ojos entre los vehículos dormidos…
Y cuando ya la noche daba espacio a la mañana, alzándose el refulgente disco de fuego, Equis -en vigilia de centinela- pudo ver cómo se alzaba también el pueblo y su respectiva combustión; una franja grisácea dividía horizontal las calles de ese nuevo día anaranjado y turquesa. Y sobre aquel claro cielo sus dos ojos-fieras se devoraron uno a otro, cegándolo cual Tiresias, entonces, quedándole sólo la meditación y el raciocinio, dejóse llevar hacia inhabitables o yertos mundos futuros, transportado por el olor de la combustión y el humo arrabaleros.
Mas el bocinazo de un auto y el subsiguiente ¡Arrancá de una vez, hijo de puta! de un impaciente conductor lo arrancaron de aquellos mundos devastados por el progreso humano –en donde la naturaleza era exhibida en galerias y museos como muestras de un bello pero rústico pasado.
Fue entonces que, recobrando la visión, se deleitó con la imagen de un joven de aproximados diecisiete años que caminaba, presuroso, sobre la vereda de enfrente. Parecía llegar tarde al colegio o a una entrevista con un futuro empleo o, quizá, con una enamorada que estaría entristeciendo en la plaza, triste por la tardanza de un amor que siempre es el mismo en distintos cuerpos, y que por su ausencia es como un dios de la tristeza.
El joven caminaba sudoroso dentro de sus vestidos otoñales, con un pañuelo en su diestra se secaba la frente y el cuello mientras la izquierda lo abanicaba ayudándose de su cuaderno deshojado. Equis lo observaba silencioso en la penumbra de su cuarto aún dormido o nunca despierto, vio cómo el joven se detuvo y cómo ponía las manos sobre sus rodillas, inclinado el torso; respiraba profundamente, daba prolongadas bocanadas de aire, luego tosía y respiraba para toser y respirar con ansias de nuevo, haciendo de aquello un estúpido juego o pésimo drama. Equis parecía no inquietarse por la mala pasada que el muchacho estaba sufriendo, al contrario, parecía alimentarse y relamerse con todo aquello. Mientras, el joven continuaba respirando y tosiendo hasta que en la decimotercera cayó con la frente en el suelo, desvanecido o muerto por un paro cardíaco, um moderno ataque de pánico o un asma incontrolable y sin remedio.
Mientras los ecos del golpe aún se desprendían unos de otros, dispersándose por el empedrado y las fachadas pintadas, el señor Equis gritó desde su ventana, erguido y con un brazo que desde el codo asomaba:
- ¡Sí, eso es! ¡En el aire, es en el aire…! ¡En el aire…! –Equis había descubierto o encontrado su invento, teniendo esa madrugada a la Muerte por musa o consejera.
II
La fórmula del aire embotellado o englobado consistía en un proceso purificador mediante una máquina que Equis había diseñado basándose en sus conocimientos químicos y electromecánicos. Primero fueron las ideas, los sueños nacidos del joven ahogado, por decirlo de alguna manera, luego llegaron los bocetos de los planos, luego estos últimos y así su idea tomó finalmente la forma material a la imagen de un único plano arrugado y unidimensional. Muchas de las piezas de la máquina eran genuinamente inéditas y por ello debió Equis valerse de un herrero y de un orfebre en conjunto –pues no halló en toda la Capital uno que combinara sendos oficios y que quisiera ayudarlo- para que las hicieran siguiendo estrictamente los cálculos y las líneas de sus planos. Las piezas constaban de aleaciones de oro y hierro, una pizca de plomo y un puñado de aluminio que le brindaba cierta ligereza al producto.
Pero aún se le aferraba como una soga al cuello la puta Pobreza Económica -que tiene millares de hijos-, paralizándole el proyecto en su inicio, hasta encontrar un mecenas. Visitó entonces, uno a uno, los herreros de la Capital hasta encontrar quien le tirara una soga, como se dice, revolviendo las demasiadas calles porteñas en busca de aquel moderno Hefesto. Mayores complicaciones le produjeron la búsqueda y respectivo encuentro del orfebre que, como el otro, no le cobrara más que un porcentaje de las futuras ganancias, de tener éxito con su invento.
Equis había andado ya de norte a sur y de este a oeste sin obtener más que la recomendación de un orfebre al otro, de los cuales ninguno estaba interesado en ayudarlo de buena manera. De Villa Pueyrredón a Liniers, de Liniers a La Boca, de La Boca a Belgrano y de Belgrano a Congreso, Equis no hallaba más que desilusiones y trabas. Así pasaba de la Esperanza a la Meditación Oscura, de la Meditación Oscura a la Impotencia, de la Impotencia a la Ira Concentrada y de la Ira a la Tristeza.
Entonces se aventuró en su búsqueda más allá de la General Paz y cruzó el mar de brea alentado por una nueva recomendación que esta vez, según sus renovadas esperanzas y predisposición en aquella mañana, sería fructífera. Un viejo retirado de Saavedra habíale recomendado a “un colega muy hábil y buena gente, lo cual es esencial para lo que usted busca, porque el trabajo se solaza con el espíritu, y si uno es un rufián por dentro lo será como orfebre”, como le dijo palmeándole la espalda. Fue entonces en tren hasta Moreno y bajó en la estación con unas vagas indicaciones en un pedazo de papel sucio y maltrecho.
Cuando llegó el hombre trabajaba, lenta pero apasionadamente, en una pieza dorada que tenía la forma de un dios o un perfecto humano que estaba sentado sobre un irregular pedacito de oro incrustado con jade, el hombrecito tenía la postura de quien espera, o de quien esta ya cansado de esperar. Equis atravesó la puerta entreabierta y se plantó tras el orfebre, que no se percatara de su presencia hasta que una tos simulada de Equis le hiciera voltearse.
- ¿Qué es eso? ¿Es un trabajo a pedido o simplemente un pasatiempo? –dijo sin presentaciones y sin más el recién llegado.
- Buenos días, señor desconocido. Le cuento que ésto es una estatuilla de oro y plata, tiene incrustaciones, como verá, de cuarzo, de amatista y de jade, fíjese usted en el cigarro que sostiene en su mano izquierda, ¿no es fantástico? Es un cigarro de incienso mi amigo –el viejo parecía entusiasmado por contarle a alguien sobre su obra o, quizá, se habia alentado al diálogo por vivir la vida del solitario que escucha su propia voz después de días y se sorprende por parecerle extraña o ajena, aún siendo la suya de toda la vida–. Es mi última obra, señor, y se llama Vido. Fíjese que este pequeño hombrecito tiene la actitud, la postura de quien está a la espera de alguien o de algo, o de ambas cosas, ¡quien lo sabe! Y, acérquese, mire sus ojos, la expresión de sus labios... ¿no le parece profundamente aburrido o terriblemente desilusionado o ansioso? Y el cigarro entre sus dedos… ahora está apagado… pero cuando esté terminado voy a encender su cigarro de incienso, sí, será una obra con aroma y movimiento. Me imagino que representa a la vida, esa eterna espera que es la vida, en que uno se consume poco a poco entre cigarros, libros o acontecimientos vanos. Sí, eso es, Vido yace eternamente sentado a la espera de algo que sabe nunca va a llegar y que, si saldría a su encuentro, jamás lo encontraría –Equis escuchaba al artista como el tedioso niño escucha el sermón de un cura enjaulado en su moral, y se decía: “¡Que desperdicio! Un cuerpito tan valioso y malgastado en un silencioso propósito”, sin darse cuenta de que eso mismo, entre otras cosas, era lo que intentaba representar el artista con su escultura.
Entonces, abrumado y hastiado de tanto soliloquio, Equis interrumpió:
- Permítame presentarme, soy el Señor Equis, inventor.
- Oh, encantado, mi nombre es…
- Carlos Aurelio –le arrancó de la boca su propio nombre-, no se sorprenda, no soy ni espía ni vidente, uno de sus colegas, no me pregunte su nombre porque no lo recuerdo, tantos son los que visité entre ayer y hoy, me dió su dirección y su nombre. Verá, estoy buscando aliados, inversores para mi nuevo y futuro gran invento que consiste en una máquina purificadora de aire… -el Señor Equis comenzó a desenvolverse a través de las palabras, ayudado por los gestos sus manos y las expresiones de sus músculos faciales, cuando no por el énfasis de su meticulosa pronunciación. Comentó a don Carlos Aurelio su proyecto y dibujó en su mente con invisible pincel los motores y el funcionamiento de la máquina, desmenuzándola con el pensamiento. Así, Equis intentaba tentar al orfebre, adornándolo todo con colores de fantasía. Luego le introdujo brevemente en la ciencia mecánica y finalmente, medio atontado y medio perdido, le dejó solitario en el campo arado de la tecnología moderna que cada día se reinventa. Mas el viejo, que era de los que piensan que quien demasiado habla demasiado poco se ocupa de actuar, y que las palabras no son sino como el anhelo, acaso la utopía de la acción, dijo volviendo a su escultura:
- Vaya a Saavedra, allí encontrará a un amigo y colega que probablemente esté interesado en sus proyectos, incluso financie su invento porque… sinceramente… yo no tengo tiempo, usted puede verme acá sentado frente a mi obra, inmóviles los dos, ella y yo, y cualquiera pensará que me sobra el tiempo “para andar jugando a los muñecos”, como se empeña en reprocharme mi mujer, pero no es así, no se confunda, que el artista está siempre alerta, para el artista el ocio es tiempo de creación, búsqueda o espera de la Inspiración, que es como una diosa histérica y hermosa…
- Pero si de allá vengo -le interrumpió- y ese amigo y colega suyo es quien me dio su nombre y la dirección de su taller. Vamos maestro… ¿qué les pasa? Que un inventor no puede andar paseando de acá para allá como una hoja seca en la corriente de un río, como un mosquito vapuleado por el viento. Vamos viejo, arriésguese, juéguesela de una vez por todas, que para esperar ya lo tiene a su Vido, vamos che, que con las ganancias que va a sacar de mi invento podrá tener todo el tiempo y los materiales que quiera para sus esculturas –sólo aquellas últimas palabras bastaron para que don Carlos Aurelio aceptara el mecenazgo, y sólo unas semanas le fueron necesarias para realizar las partes de la máquina que Equis le había encargado.
III
Una vez reunidas todas la partes para la máquina purificadora -que muchas se gestaron entre las manos del herrero y del orfebre y muchas otras no eran más que partes de motores, cables o finas placas de acero para la coraza del mismo- el señor Equis vivió encerrado unos doce meses junto a su enorme y arrugado plano y las partes numeradas de la máquina dispersas sobre la mesa de trabajo, por el suelo, sobre su cama y colgando del techo con gruesas sogas, todas ordenadas en lo que serían cuatro etapas del ensamble, una a una, de izquierda a derecha, listas para ser utilizadas.
Equis pasaría aquel año sin ver la luz natural del día, vagamente alumbrado por la lámpara de kerosene en su cuarto de dos por tres metros, y la única ventana cerrada, inmutable cual ojo inquisidor. La comida se la acercaba un pobre pibe al que le pagaba dos pesos por la molestia, changa completita porque siempre se comía un tercio del plato en las tres cuadras que distaban entre la casa de comidas y el cuarto del señor Equis. El baño era compartido, eso sí, pero al maniático nada le impide continuar con su tragicomedia, y por eso el hombrecito se las arreglaba para escabullirse al baño, esas necesarias tres veces al día, sin que los vecinos lo vieran y lo incomodaran con sus preguntas, “haciendo perder el valioso tiempo de un inventor con tontas teorías de convivencia”, como él mismo se decía.
Su pelo negro fue opacándose notablemente por la carencia de agua y de la luz solar, por lo que su piel obtuvo un resultado opuesto, tornándose más pálida. A su vez, consecuencias todas del encierro, el señor Equis se volvió grandemente silencioso, incluso siniestro, sus ojos se hundían entre los párpados de tonos violáceos y verdosos, la barba crecía irregularmente libre sobre su rostro escuálido y sus manos presentaban varios cortes, profundos unos y superficiales los otros, y estaban teñidas de un gris sucio por el constante roce con las lubricadas piezas metálicas.
Así es que el señor Equis se tornó como un fenómeno dentro del convento –como llamaban los inquilinos a la vieja casona- y solo bastaron dos meses de los doce para que los vecinos comenzaran a chismear sobre su conducta y a interrogarse unos con otros sobre qué hacía ahí dentro todo el día, de qué vivía… Hacían hipótesis, fantaseaban intentando explicarse el misterio, “ya que no se puede vivir del aire”, como escuchó Equis, en una de sus expediciones al baño, que don Oscar le decía a la patrona del convento.
- ¿Que no se puede vivir del aire, imbéciles? –diría años después en una importante conferencia sobre las máquinas purificadoras, haciendo referencia a don Oscar, pero escupiendo toda la furia y el rencor contenidos en su pecho durante tanto tiempo, escupiendo todo su orgullo sobre el rostro de los incrédulos.
IV
El día en que el señor Equis colocara la última pieza e hiciera las soldaduras finales para unir la coraza a la máquina hizo su reaparición en público. Salió al pasillo afeitado y con su pelo brillando, caminaba sonriente aunque aún mantenía esa mirada profunda y un pálido silencio. Llevaba un traje blanco, zapatos de cuero negro y punta en blanco, una corbata monocromática a cuadros y un lirio en el ojal.
- ¡Señor Equis, tanto tiempo! ¡Qué bien se lo ve! –exclamó a los gritos la patrona, que gritaba no por estar sorda sino para que los demas inquilinos la escucharan.
- Buenos días y gracias, señora –contestó lacónico y confundido al recordar las mil palabras que la vieja hablara a sus espaldas. Equis continuó su camino dejando atrás la vieja y su hipócrita mirada, su sonrisa falsa, su interno prejuicio.
Se dirigía a la casa del herrero para informarle que la máquina estaba al fin terminada y que nada más faltaba probar su eficacia en un lugar amplio, donde la misma pudiera funcionar sin ser repudiada por el ruido intenso que provocarían sus tres motores y su vibración retumbante.
Y degustando los futuros manjares del éxito llegó el señor Equis hasta lo del herrero, con quien se dirigieron al taller del tercero, que los esperaba ansioso por saber que saldría de todo aquello.
- ¡Hola, hola! ¿Cómo les va, colegas? –comenzó a decirles sin esperar a que llegaran, sentado bajo el quicio de entrada- ¡Señor Equis! ¿Y dónde trae la máquina, en su bolsillo? ¡Ja, ja, ja! –rió el orfebre.
- Buenas tardes colega, no la traigo, como verá, porque necesitamos un carro, quizá usted tenga alguno, tiene que ser resistente, la máquina pesa… –Equis hablaba amistoso pero con notable seriedad, expresándose con oraciones cortas separadas por cortos silencios, silencios en los cuales parecía elegir las palabras adecuadas o el orden correcto.
- Puede que tenga –dijo don Carlos Aurelio y tomaron el carro que serviría como transporte para el pesado purificador, aún dormido en el cuarto de su creador.
Fueron intrigados, ansiosamente excitados y a la vez temerosos, a buscarlo.
- ¿Cree usted que funcione? –atisbó a preguntar tímidamente el herrero, por miedo a incomodar con la duda al orfebre, cuando Equis caminaba rapido como sus pensamientos, en la delantera.
- No lo sé, espero que sí. Este hombre parece muy seguro de sí mismo y de su invento, eso me inspira confianza, imprime buenos augurios y… de todos modos… ¿qué perdemos? ¿Unos pesos, un poco de tiempo que inevitablemente hubiésemos perdido bajo la vigilancia del Progreso? Hay veces en que es necesario arriesgar un poco, amigo, como quien juega su última esperanza en una ficha de ruleta, no piensa en la pérdida sino en una posible ganancia. Mire, la bolilla ya está girando y pronto va a detenerse en su celda, sólo nos queda esperar un poco más, yo aposté a la paciencia... y usted aún está a tiempo de cambiar la suya…
- Hemos llegado compañeros –interrumpió el señor Equis deteniéndose frente al convento. Al entrar en su cuarto vieron, a primera y simple vista, que la máquina era tan grande como para atorarse cómodamente en la puerta, ni pensar en la ventana. Por lo cual debieron desarmarla cuidadosamente en cuatro partes, bajo la poderosa y maniática supervisión del señor Equis, y aún así fue imposible moverla siquiera unos metros: las ruedas del carro reventaron en el mismo momento en que apoyaban la tercer pieza, tan pesada era- ¡La gran puta! ¿Y ahora qué hacemos? –desarmarla no en cuatro sino en doce partes, doce partes que pesaban, cada una, lo que pesa un hombre promedio, eso hicieron para transportarla al hombro en doce idas y vueltas.
Finalmente, una vez en el taller de don Carlos Aurelio, Equis rearmó el rompecabezas mientras el herrero paseaba su mirada entre éste y su colega, como a la espera de una señal que fuera aliciente para su espíritu inquieto o en busca de la pauta que confirmara su pensamiento de estar tratando con un demente. Si al fin y al cabo el aire podía aún respirarse y, por lo que parecía, así sería al menos hasta el fin de sus días. Pero la confirmación de sus dudas sería para él como la aceptación de la insania en sus propia cabeza, al dejarse llevar por los delirios de un enfermo; el hombre se creía atado voluntariamente al auto de un corredor de carreteras que no se detendrá sino en la meta, que a lo lejos es como una pared de quemante piedra.
Mas el señor Equis fue tan sabio y tan rápido como para terminar antes de que las ideas de los otros, los repentinos pensamientos, se reflejaran en palabras o, peor aún, en acontecimientos.
- ¡Aquí está, caballeros! ¡La máquina creadora de vida! ¡Ya no más toses, no más pulmones jodidos! ¡El aire es puro de nuevo! ¡Respiremos lo que respiraron los primeros, compañeros! –y apretó el botón de encendido, un botón de aluminio enrojecido.
Y la máquina se puso en funcionamiento. Primero fue un chispazo, luego el encendido del primer motor, el zumbido de la correa girando en velocidad creciente, el estallido previo al encendido del segundo motor –ya poco a poco comenzaba la vibración a transmitirse desde la máquina hacia el suelo y todo vibraba con ella: las herramientas, las sillas, las esculturas, las porquerías desordenadas en los estantes cayendo al piso, quebrándose los vidrios-, y cuando la correa parecía ya no resistir más tanto movimiento se accionó una segunda para suplir la demanda de los dos motores encendidos y el accionar del tercero, que pronto comenzó a vibrar a destiempo con los otros. Todo aquello producia un triple ruido lastimero al tiempo en que la chirriante carcaza intentaba contener el calor que era producto del veloz movimiento de los engranajes.
La vibración era cada vez más fuerte, constantemente creciente, como si el purificador estuviera a punto de estallar, asesinando al trío observador con cientos de proyectiles metálicos y ardientes; las ventanas del orfebre una a una se resquebrajaron y pronto cayeron al suelo hechas pedazos.
- ¡Apáguela! ¡Apáguela! –gritaba el herrero que no soportaba la inmensa vibración que se le metía por el cólon hasta el pecho- ¡Apáguela le digo, que nos va a matar a todos!
Equis no respondía, probablemente no lo escuchara. Entonces el orfebre actuó como traductor de su colega, trazando invisibles geometrías con sus manos en símbolo de reproche. Equis no hacía caso de sus gritos ni de sus muecas, ansioso estaba por contemplar ese aire puro que saldría por el extremo izquierdo de la máquina, dentro de una bolsa que él mismo sostenía con sus manos frente a la boca de aire puro, como llamaba a esa especie de cilindro dorado en que terminaba el purificador.
Y cuando el herrero se disponía a presionar nuevamente el botón de encendido para calmar todo ese infierno lo detuvo el grito enloquecido del señor Equis, que aún sostenía la bolsa entre sus manos:
- ¡No, no! ¡Espere unos segundos! ¡Quince o diez! ¡Está funcionando! –y saltaba de alegría mientras la bolsa comenzaba a inflarse, y gritaba y saltaba, “parecía un mono vestido de traje, o un loco disfrazado de cuerdo”, diría al orfebre el herrero más tarde.
Repentinamente cesaron los temblores, poco a poco fueron mermando las vibraciones y el ruido se purificó en ansiado silencio: la máquina había filtrado su primer aliento y Equis inhalaba con la cara sumergida en la bolsa ese aire que tanto respirara en sus sueños- ¡Es puro! ¡Es puro y no nos costó más que un triple dolor de cabeza! –cerrando la bolsa en uno de sus puños dio seis pasos con el brazo extendido hacia el herrero, invitándolo a deleitarse con el fruto de sus esfuerzos y le diera una segunda opinión al respecto.
Inhaló el herrero y manifestó fríamente su consentimiento, dio fe de haber respirado de una bolsa el aire más puro que jamás entrara en su pecho, “ni el airecito de la montaña es tan fresco”, dijo finalmente; pero sus palabras, junto a su inquieta mirada, tenían algo de incertidumbre. El señor Equis se extrañó por la frialdad del otro ante semejante descubrimiento de la ciencia, y entonces le dio a probar al orfebre, que ya había comenzado a ordenar y barrer todo lo que había revuelto el triple motor cuando estuvo en funcionamiento.
Inhaló profundamente el tercero y mostró una sonrisa de aprobación al devolverle la bolsa vacía al padre inventor. Equis notaba algo extraño en sus compañeros, sus reacciones no habían sido de extremo júbilo ni como las de quien acaba de hacer un grandísimo descubrimiento en favor de la Patria Tierra, lo cual, según su vaticinio y su entendimiento, estaban haciendo. Las miradas de ambos le parecían como las de quien observa a un anciano o um loco, esa mirada de triste compasión mezclada de incomprensión.
- Sólo nos queda esperar, compañeros, esperar a que el aire del mundo se vuelva un poco más espeso y nos volveremos ricos. Se los aseguro señores, antes del próximo invierno seremos ricos –dijo Equis en un intento de aplacar las dudas de los otros y, por qué no las suyas, pues hasta la mente y el temperamento más decidido, más valiente, guarda un lugar en su pecho para la duda, la debilidad y la flaqueza. Mas los otros, alentados por el fanático comportamiento y la desorbitada mirada de Equis, lo juzgaron un loco y se juraron, en silencio, eterno consentimiento. Poco a poco fueron desapareciendo de la vida del inventor, que por la impaciencia de levantarse un día y ver el cielo colmado de irrespirable niebla no se dio cuenta.
V
Los meses pasaron llevándose la primavera, el verano y la estación de las hojas secas, dando lugar al crudo invierno porteño. Y con aquel paso, el señor Equis más y más desesperaba porque el aire continuaba siendo el mismo o “quizá poco menos puro que antes”, según se lo mostraba el deseo, como al sediento le pinta un espejismo en la frente.
Y así pasarían los inviernos, siete inviernos para ser exactos, y Equis continuaría encerrado en su cuarto. La ventana cerrada, cubierto de globos el suelo, globos rebosantes del aire purificado que a cada rato inhalaba, solitario y desconsolado, a la espera de esa noche –o esa mañana- en que el orfebre y el herrero irían a golpear su puerta, suplicantes de poner en marcha la Fábrica de Aire.
Su dinero estaba a punto de acabarse y si las cosas continuaban de aquel modo -con ese cielo tan límpido y ese aire aún tan respirable- el señor Equis y su traje blanco, ya manchado de grasa y de aceite para motores, tendrían que salir a la calle a vender estampillas o biscochos mal cocidos para sobrevivir. “Jodido, si, pero sólo hasta que llegue el gran día, mi gran día”, se decía a sí mismo.
Mas una idea surgió de repente, cual renovadora estrategia, una nueva chispa encendió su cerebro adormecido por la pereza y la tediosa espera:
Comenzaría a publicar en los diarios y revistas, inventaría llamativas, coloridas publicidades, pegaría carteles en las calles promocionando su nuevo invento –aunque ya siete años habían transcurrido- con la astucia del tirano que reina a través del miedo, valiéndose de la mentira o la degeneración de una verdad, como en su caso.
Su nuevo proyecto de propagandismo consistía en sembrar la semilla del temor a un fantasma, es decir, vender una exagerada realidad sembrando el miedo en cada rincón, el temor a un rápido deterioro del medio ambiente y del oxigeno con frases como: “¿Sabía usted que el Progreso es enemigo del Cielo y que sólo bastan unos pocos años para que se haga irrespirable el entorno?” mientras bajo la retórica se veía la imagen de un niño rubio y pulcro en actitud de súplica, con la boca abierta y uno de sus bracitos extendidos frente a la inmensa chimenea de una reconocida industria. O: “¿Ama usted a sus hijos, a su esposo, su propia vida? ¿Al prójimo? ¡Entonces… que está esperando, señora! ¡Venga a la Fábrica de Aire! ¡Compre el remedio contra una peste que se acerca como una ola gigantesca!”. O éste otro “Cómprele un globo a su hijo, si quiere salvarle la vida” bajo lo cual podía verse al mismo niñito rubio de pie y con lágrimas en los ojos, rodeado de un humo viscoso.
Su artimaña se fundaba en una teoría demente que arrojaba vagos vislumbres de lo que podría acontecer de uno a otro momento en nuestra descuidada atmosfera, basándose en que los vapores de las máquinas, la combustión de los motores y los infinitos humos contaminantes nacidos del fuego del Progreso eran las principales causas, como todo el mundo lo sabe, y a éstas enlazaba un mito sobre una partícula nociva que desde hacía unos siete años mezclábase con el aire, “y que al principio fue sólo como un grano de arena en la vasto desierto que simula el planeta, pero lentamente fue multiplicándose y ahora, que abarca la mayor cantidad del espacio celeste, se reproduce con triple rapidez”, como dijera en una de sus tantas conferencias.
El señor Equis comenzó a difundir falsas historias de gente que había muerto por asfixia, otros que morían mientras dormían, o que dormían mientras morían; iba a las cantinas y susurraba a los viejos borrachos la historia de algún pobre diablo que había muerto de asfixia mientras reía a carcajadas de uno de los carteles publicitarios de la Fábrica de Aire, y a otro le decía que había visto cómo se le escapaba la vida a un pibe por respirar profundamente, “¡y mirá que era un pibe, eh! ¡Déjense de joder, que a un pibe no se le caen los lienzos así porque si che!”
Y los rumores corrían raudos entre las mesas de los bares y, de uno a otro momento como el supuesto virus, toda la Capital entraba en pánico y en todos lados no se hablaba más que del señor Equis y de su invento.
Así se impuso el temor en la gente, que al principio reía del loco inventor y que pronto caerían bajo las enormes garras del Propagandismo y la mentira. Pocos fueron los meses que debió esperar Equis para verse cumplidos sus sueños así como muchos, muchísimos, los carteles que pegó en las paredes y los postes de los barrios porteños, las historias narradas a los borrachines bohemios, las horas invertidas en contarle a diversos engendros de la civilización sus mitos de muerte y sus leyendas de terror asfixiante.
La Fábrica de Aire aún descansaba sobre la mesada de hierro del orfebre, que desde aquel día abandonó por siempre su labor y se regaló a un profundo desconsuelo del que nadie conoció el motivo. Tras las primeras centenas de globos vendidos Equis creyó conveniente trasladar la máquina a un depósito que alquiló por monedas –por estar en pésimas condiciones- para no incomodar más al don o su propia conciencia, que cada vez que lo visitaba para hacer una tirada de globos lo encontraba acuclillado contra un rincón, balbuceando lo que parecía un himno o una canción a la locura, con el balanceo de quien ha perdido la razón.
- Pronto instalaremos dispensores en cada esquina y habrá Fábricas de Aire en cada uno de los barrios porteños… ¡y más allá! –decía a cada momento el señor Equis cuando le demostraban su sincero agradecimiento por haber hallado la cura antes que la enfermedad- ¡Que no falte el aire, amigos! Que nuestro ritmo de vida no se interrumpa por la carencia ni por las chimeneas de la industria mundial.
Pero el aire, mal que mal, aún era el mismo que antes de la farsa del señor Equis, y quien se detuviera un instante a mirar –o respirar- las cosas con parsimonia y sin el fantasma del propagandismo vería –o sentiría en su pecho- que todo el mundo había sido arrastrado hasta el abismo de aquel enfermo que envolvió el mundo con sus globos llenos de ilusión.
VI
Y desde entonces Equis ya no cierra las ventanas de su mansión ni las doradas puertas, pues ya no teme respirar ese oxigeno viciado y porque así, desde la ventana que da a su tallado escritorio puede observar con paciencia cómo los niños inhalan de sus globos y cómo los grandes los consumen y los administran, puede ver su millonaria industria y las calles plagadas de una colorida redondez. Respira profundo, muy profundo, todo ese aire que es suyo cuando al vulgo le cobra por cada respiro.
Vido le observa, sentado en su escritorio, con sus tristes ojos de verde jade. A su alrededor hay dispersas mil partículas de ceniza y un nuevo cigarro de incienso humea, se consume, en su mano izquierda.
17 de Febrero del 2009

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