Novela ejemplar en tres partes -de las cuales se expone a continuación la primera-, escrita durante el 2007 y editada en Mar del Plata en Marzo de 2009. Reeditada en Buenos Aires en Julio del mismo año y, finalmente, en 2010. Todas ediciones artesanales de autor realizadas con materiales reciclados. El dinero recaudado de la tercer edición fue destinado al "Proyecto Aymara" a cargo del mismísimo Bonvin.
I. AMANTES DE LA SOMBRA
Y llorando se fue la Juana , llorando fue hacia donde Don Arnaldo que descansaba y, arrojándose a sus pies, desesperada, le dijo:
- ¡He sido ultrajada Don Arnaldo! ¡He sido ultrajada! Tranquila paseaba por el bosque alimentando el deseo de las fieras cuando me sorprendió la sombra de ese enfermo que… ¡Ay de mí, Don Arnaldo! ¡Ay de esta pobre mujer que no da con la senda correcta! Habiendo tantas mujeres malditas escogió el Supremo a ésta para que pague con penas lo que se inició con plegarias. Me han ultrajado Don Arnaldo… ¡A mí! ¡A la virgen del bosque! ¡A la hermana sin mácula!
La joven mujer lloraba temblorosa y encorvada, comprimiéndose su rostro, con cada convulsión histérica. Su mirada se fijaba inconsciente en los barrotes luminosos que se proyectaban en el piso de tierra, que servía de antesala al tugurio del viejo Don. El llanto tomaba proporciones inimaginables dentro de la Juana , tan espesa se le presentaba la desdicha que la creyó posible de cambiar su impalpable estado al de la pesada piedra. La pobre mujer parecía experimentar el desvanecimiento de casi todas sus fuerzas, expulsadas a raudales con cada lágrima; y cada vez que la garganta se le cerraba al punto de asfixiarle, parecía que la muerte hubiera estado mirándole tras su espalda, con un pañuelo en su escuálida mano, ansiosa por restregarle los cristalinos copos de llanto.
Entonces el viejo, que se creía la personificación del Saber y que declaraba como omniscientes axiomas todos los disparates que se le metían por la cabeza, y que era capaz de contestar el misterio del universo si alguno preguntaba, por no parecer un necio, le dijo:
- Dime, pequeña, no, no, muéstrame dónde… -y entonces la Juana , irguiéndose, soltó de su izquierda el vestido, y contempló el Don sus virginales pechos, esos montes aún inexplorados por el hombre; y entonces el Don vislumbró también ese crisol donde se funde lo sutil y la materia, para dar nacimiento a la vida. Los cabellos de la Juana caían, rubios y desprolijos, por sobre sus hombros, casi tapándole los rosados pezones; las lágrimas corrían irregulares por sus mejillas hasta sus trémulos labios, casi ahogándole el llanto. Entonces, acercándose al Don la Juana y aún temblando por la reciente mala pasada, le dijo:
- Aquí Don Arnaldo… ¡Aquí! ¡Aquí es por donde ese maldito ha pasado! Su respirar era tan fuerte y entrecortado que… no, no puedo recordarlo, no. Fue por aquí Don, oh… sí, aquí… aquí, oh Don, sus manos son tan frías que me recuerdan las de aquel otro… sí… sí… ¡Aquí, Don Arnaldo! Y luego comenzó a acariciarme con gran esmero… recuerdo cada giro de su pegajosa y horrenda mano, recuerdo que... como usted... sí… sí… paseaba sus ásperos dedos entre mi abdomen y mi cuello que… oh, como ahora, se tensa como el arco… oh… Don Arnaldo… y recuerdo que, como usted, al oído y susurrando con esa voz de demonio y de santo, me decía:
- Calla querida, calla que nos apura el alba.
Y desprendiéndose del viejo Don, como del depredador se deshace la rata, comenzó nuevamente su carrera agobiante y lacrimosa, hacia el valle donde mueren todos los humanos deseos.
Y con la luna marcándole el paso la Juana corrió y caminó por el bosque durante horas, y paso a paso se adentraba más en la especidad del bosque y de las viscosas tinieblas. Y, arrastrándose por no tener más fuerzas, llegó hasta los brazos del ansiado valle donde sus deseos serían disueltos, sumergiéndose en el turbio líquido del río de lo sin tiempo, como si fuera un taciturno nado en el Leteo, la Juana reptó hasta que el peso de su cuerpo fuera sostenido por la mágica gravedad o, mejor dicho, por el líquido. La Juana se abandonaba al capricho del río, invalidando sus fuerzas por no tener ya más esperanzas o anhelos.
La desdichada mujer llora e ignora que sus lágrimas son del mismo tinte oscuro del líquido estancado y que, fácilmente, se vuelven lo mismo.
Y, del penoso llanto a la absoluta inconsciencia, la Juana vio más cosas de las que hubiera deseado.
LIBRO SEGUNDO
Laila, de gandísimos senos, cetrina la piel y oscuro el cabello, sostenía junto con el llanto a la que, en otros tiempos, fuera su compañera y amada. La otra, dormida y con el pelo aún humedecido y con restos de verdosas algas, yace con la cabeza sobre el regazo de la primera; tendido sobre la arena su cuerpo parece ser parte de todo aquello y las curvas de sus caderas son como si el viento hubiera puesto su mejor esmero al erosionarlas tan redondas y delicadas. La boca entreabierta, asomando tímidamente sus dientes de nieve, muestra en los labios una extraña mueca de dolor o tristeza, contraído el labio superior hacia la comisura derecha, podría ser, a la vez, mueca de aversión tanto como de hastío.
- Juana, amor, belleza, despierta. Abre los ojos y contempla este sol que rejuvenece la vida… y que la vuelve más ligera, contempla ese tranquilo vuelo de las aves, utopía eterna del género humano. Despierta amor, que no sólo la vida te espera. Juana, Juanita, tanto tiempo, tanta espera para encontrarte y ahora mis manos sienten el calor de tu juventud pero aún lloro por tu regreso. ¡Vuelve, vuelve a la vida, vuelve a nacer Juanita! Despierta amor, que no sólo la vida te espera –pero la Juana continuaba aún profundamente dormida, sus sentidos ya no transmitían siquiera un lejano sonido, y su antigua amante desesperaba con cada inútil esfuerzo.
Entonces, alzando la frente mientras se expandía su pecho, mientras de los ojos le brotaba el fuego, Laila comenzó su indagación a los dioses y se deshizo en un soliloquio extenso; imploró a las deidades y clamó por el regreso de la Juana : el oxígeno que se desvaneciera justo un momento antes volver a encontrarlo, diecisiete años después de contener, consciente pero involuntariamente, el respiro.
E, inesperado pero oportuno el momento, la mujer resucitó como por milagro o respondiendo a una magia de color incierto. Abriendo lentamente los ojos, como despertando de un largo sueño, la Juana contempló primero el limpio cielo, donde sus ojos, volando por incontables metros al ritmo de un cóndor, brindaron inmóvil vuelo que la transportó hacia el rostro de Laila, redondo y cetrino, la miraba. Fue entonces cuando la Juana creyó haber despertado en un sueño, pero, asegurándola de lo contrario su cuerpo, aumentaba poco a poco su peso hasta recuperar los cincuenta y nueve kilos, que pesaba la Juana cuando su alma descansaba en su cuerpo.
Y entonces, una vez resucitada o despierta, la Juana escupió ansiosa y excitada, cien preguntas que eran como una negra bandada de pájaros, la otra contestó:
- Ha sido triste querida, mi vida ha sido triste y solitaria en medio de tanta inmundicia humana. Desde que mis ojos fueron privados de tu mirada ya no encuentro el placer en un silencioso paseo ni el terror ante una escena de muerte. Desde entonces te busco en cada esquina o en cualquier parte donde se oye una risita como la tuya, tan contagiosa y esperanzada…
- ¡La Madre Inmensa nos cobije entre sus mil brazos o en su cálido regazo! –gritó la Juana , mas la otra, no escuchándola debido a la emoción de contarle sus pasados tormentos, continuó diciendo:
- Y para costearme los viajes destinados a encontrarte, Juanita, me he visto obligada a regalarme a los hombres más confusos y humillantes y odiosos. Me he vuelto una ramera, la más costosa y respetada… honor que fácilmente podría compararte, querida, con el de un hombre que se siente el más astuto entre primates. Sí, y así pasé mis días en esta odisea que hoy mismo se acaba, porque ya tu frente se acerca a mis labios, porque ya no más se estremecerá mi cuerpo, bajo el sudoroso jadeo de uno de esos puercos hijos… -pero el llanto se alzó una vez más, esta vez dentro de la exuberante Laila, tomando dimensiones inexplicables. Luego, las palabras fueron olvidadas tras los ademanes y los gestos.
Las mujeres mutuamente se consolaban. Las manos de una sobre los rígidos pechos de su compañera, los labios de ésta que rozan el pálido cuello de aquella, provocan un suave cosquilleo que se expulsa en una sonrisa de los labios de la primera.
- De entre los miles de hombres que he conocido, querida, ahora que se funde con tu cuerpo mi alma, de todos esos, ni uno sólo me ha complacido como tú lo has hecho; sí Juana, preferida y preciosa, ni en siete años más podría mi razón enfriarse ni mi corazón reventar por un nuevo desconsuelo. De entre los millares de hombres que injurian al mundo con su sola presencia te elijo a ti, compañera, que ni en la soledad siento de mi pensamiento lejos el tuyo. ¡Regalarme a la pasión carnívora de un puñado de cínicos y perversos para encontrar entre aquellos al Amor disfrazado de joven lascivo! ¡Qué pecado, qué falta, qué error puede ver el más santo o el más vil en ese empleo! Pero… ¡qué importa el desconsuelo…! ¡Qué la moral y el buen gusto! ¡Qué importancia la vida! Ahora nuestros cuerpos se funden y parecen uno… ¿O acaso recuerda el dichoso al que yace hambriento a su lado, cuando la alegría lo ciega?
Y las antiguas y nuevas amantes se alzaron por entre la arena del valle donde mueren todos los humanos deseos, y juntas y de la mano se pasearon tranquilas por aquel lugar solitario, luego fueron a bañarse en esas aguas benditas que son como las lágrimas de la Juana , oscuras y reflectoras de las profundidades internas.
Las dos juntas, la Juana y la ramera, erguidas la una junto a la otra con el sol pintando sus espaldas, rosado el cielo como los pezones de la Juana y con los montes rodeándolo todo, a modo de antiguo teatro griego, todo aquello parece estar cuidadosamente dispuesto por la mano de un Ser encantador y Supremo.
LIBRO TERCERO
Laila arrostraba ya unos imprecisos treinta y cinco años mal cuidados, su cuerpo contenía la vigorosidad de sus años primeros pero su piel, marcada y gastada, llevaba las cuentas del tiempo. Su andar carecía de prejuicio, como su mirada y su porte, su tono en el habla era descortés y punzante como el de un guerrero en contraste con el de la virgen del bosque, que no conocía el vituperio y creía que el mal no era sino un hombre como el que la sorprendiera en la especidad de la noche, pero con un rostro lobezno y huesudo, ostentando su morado miembro. La una y la otra eran el sutil complemento, el agua y el fuego, lo rojo y lo negro.
Y Laila, dominada por un repentino alumbramiento, dijo acompañándose con efusivos gestos:
- Viviremos aquí mi amor, mi hermana, mi deseo, en este precioso lugar donde el destino o dios o lo que fuera nos permitió el reencuentro. Construiremos nuestra humilde morada a orillas de este valle donde mueren todos los humanos deseos, viviremos juntas y para siempre como si una invisible cadena nos mantuviera atadas a la ribera.
Mas la otra, que al principio sintióse contagiada de la emoción de su amada pero que al instante posó sus delicados pies sobre la tierra y vio que eran tan pobres como para no pretender nada, le dijo mientras sus ojos parecían estar buscando algo el suelo arenoso, en el cual se mezclaban incontables pequeños trozos de caracoles y conchas amarillentas y blancas:
- Pero si no tenemos nada, mi vida, no tenemos más que la presencia de la una la otra. La vida no nos ha dado más virtud que la de esta efímera belleza. Ni padres ni herencias hermana, ni ricos enamorados. Sólo valiosos recuerdos de aquellos tiempos en que el mundo fue reducido a nuestro mutuo himeneo. Somos tan pobres de materia querida, como de juicio es el hombre.
Laila, que había pasado de largo todas aquellas deductibles verdades, consultó unos prolongados segundos a su ángel interno. El silencio revoloteaba aquellos segundos por sobre y entre sus cuerpos desnudos, erizándoles la piel, embalsamándolas de un fugaz carnal deseo.
- Entonces te enseñaré el arte del sexo, querida, viviremos de las propinas del hombre-cerdo. Te instruiré en ese ancestral oficio utilizando tanto el método egipcio como el chino y el griego, te hablaré de los cultos que le rinden los fanáticos al Amor y también de lo que un sabio me enseñara hace seis años en su cueva, ese que me hablara de los secretos de los hombres y de sus débiles hemisferios. Verás lo estúpido y débil que es el más poderoso de los hombres y podrás conocer los lugares más insanos y maniáticos dentro de cada macho. Conocerás las más profundas simas dentro de un hombre, que el más bello y el más delirante son como la noche por dentro.
Se sentaron sobre las salientes raíces de un algarrobo, a doscientos metros de la ribera, y cubrieron su desnudez con la piel de un gran puma que dormía el sueño eterno.
Laila hablaría durante días sobre el amor y el sexo, le explicaría lo inexplicable con gestos y, cuando la cándida Juana ya se confundía, cuando las enseñanzas se entrelazaban formando una gran pelota de nudosa dialéctica, lo aclaraba trazando dibujos sobre la tierra.
Y las impúdicas amantes salieron a buscar la suerte vestidas con astucia, pero sin revelaciones. Utilizando la piel de puma con que se abrigaran las pasadas noches hicieron, Laila, un vestido de modesto encaje que cubría su cuerpo hasta más allá del comienzo de los muslos, la otra una pollera ceñida a su perfecta y aún joven cintura, que hacía juego con un suave y peludo trozo de cuero que se ajustaba a sus senos, como cuando en televisión se censuran las partes, así caminaba vestida la Juana.
La una a la otra se miraban y en sus cabezas bullían mil lúbricas ideas. Una sonrisa de extremado deseo asomaba en la serpentina Laila, la mirada de la Juana no expresaba otro deseo.
LIBRO CUARTO
Luego de los primeros trabajos de la Juana , harto eficaces, al certificar ésta la precisión de la teoría sobre la práctica que le infundiera su querida Laila, manifestó:
- Desde hoy, mi vida, me llamarás por un nombre diferente: Yessey, porque esta que ahora ves en nada se entiende con la que fuera la Juana. Y aunque permanezca, en este caso, menos vulnerable al desgaste del tiempo el cuerpo forjado con torpe arcilla que el que nace de la sutil materia, el cambio se ha producido lo mismo, y entonces no hay otro proceder más sensato que el de referirse a este mismo cuerpo con renovado renombre. La Juana ahora revolotea junto a un millar de niños ángeles sobre un esplendor nunca visto, y yo, Yessey, desde hoy, pretendo arrastrarme eternamente en el suelo, para conocer los secretos de este otro mundo tan sádico y humillante. ¡Pretendo llevar la perfección a las regiones donde el gentil no se atreve a posar los ojos siquiera! ¡Seré como la noche, aterradoramente encantadora! ¡Seré la plaga que se abra paso por entre el humano, a través de los hombres!
Laila, anormalmente brillantes los ojos, permanecía en silencio sorprendida, no creía que todo aquello estuviese sucediendo; ni en el sueño más oscuro la dominó jamás una tristeza como en ese momento. Un río de hielo fue abriéndose paso, como cuando desborda una represa, a lo largo de sus vértebras, una descarga de energía que se manifestó en su nuca fue expandiéndose poco a poco desde el centro, hasta dominar todo el cerebro con su amable cosquilleo.
- Pero… mi Juana… mi consuelo… ¿qué estás diciendo? –fue lo único que atinó a decir:
- Digo que, desde hoy, la virgen del bosque, la cándida Juana, ya no estará a tu lado para abrazarte en las noches sino que, a la hora de acostarte y buscar unos brazos con que abrigarte y un pecho donde tu rostro halle el necesitado sosiego no encontrarás más que a la Tristeza , diosa patronal del género humano, y no a ésta mujer de treinta años recién nacida, de nombre Yessey por el optimismo en la vida, la más despiadada de las rameras, orgullo y envidia de las sociedades más austeras. Tú has sido la chispa que inició mi carrera, pero ahora no eres más que un estorbo para el progreso y la realización de mi nuevos propósitos. Será mejor que te pierdas hermana, sí, será mejor que te pierdas porque no quisiera lastimarte en mi furia de pantera. ¡Y el amor es virgen! ¡Qué posibilidad hay entonces, de amar, si la que fuera la virgen del bosque se ha convertido en la puta de la llanura y la estepa! ¡Shhh…! ¡Shhh…! Calla y guárdate las palabras para una que, como la Juana , desconozca el repulsivo vientre de la Vida , calla y conserva los sentimientos para un corazón fantástico y de ensueño. Porque en el mundo no hay ni más sabios ni más cuerdos sino corazones imperfectos, condenados a la ignorancia y la tristeza, o a la tristeza de la ignorancia. Somos todos de Dios el triste reflejo, enmohecido espejo, somos el río donde se contempla un Narciso maltrecho y deshecho.
Y dicho esto la apartó la Juana a su, hasta ese mismísimo momento, amante, compañera y maestra. Arrancó su doble vestido y marchó desnuda con paso visiblemente presto, lo cual le otorga una gracia diabólica y que a su vez añade una singular belleza, imperceptible cuando modera su paseo.
Laila la observa en silencio y sin movimiento, una lágrima silenciosa rasga brillante estela en su mejilla derecha, la ve alejarse y ve cómo se pierde tras la enmarañada maleza, triste sorpresa, ve cómo del bosque se aleja.
Reina un sepulcral silencio, sólo se oye suave, muy suave, el llanto del Creador.

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