EL GRITO
Inmovilizado por fuerzas extrañas se encuentra el siempre joven Mamani mientras contempla, desde el alto monte, los límites terrenales donde trabajan y sufren sus hermanos desganados. Asi, punzado por la mano disconforme de la injusticia, se pregunta: “¿Hace ya cuánto que estamos así? ¿Quinientos? ¿Dos mil años?”
Pero el tiempo no hace caso de él ni de su raza señorial. Más allá de su cuerpo el siempre joven Manani permanece en la misma situación, bajo el mismo yugo que él y sus hermanos han forjado con los metales de su tierra.
Así, con los puños bien apretados y los dientes chirriando se pregunta, como tantos otros: “¿Cuánto más?”
El siempre joven Mamani siente como un rayo ardiente entrando por la planta de su pie izquierdo, bien podría ser la muerte o su dios que viene a buscarlo después de tantos siglos de abandono, pero no, no es eso. Él siente que hay algo más, que se trata de algo mas... Algo mas trascendental aún.
Y ese algo comienza a trepar por su pierna con la velocidad de la noche. Sube. Sube y alcanza pronto los tobillos, las pantorrillas y los muslos lo conducen a esas rodillas magulladas donde se aferra, se detiene, tatuándolas de ardido resentimiento. Sube. Sube y sube por el torso hasta alcanzar su pecho tremolante, sube, sube siempre en espirales ascendentes y gira, gira y se detiene en sus espaldas para recordarle todo el peso que ha cargado, centuplicado por el de toda su raza.
El siempre joven Mamani llora con impotente bravura, aprieta fuerte el lazo de su honda mientras sus pies se hunden aún más en la tierra violada. Respira profundo mientras el ardiente rayo retoma su carrera y da un ultimo giro. Lo penetra, se adentra en esa carne fatigada, abriéndose paso por el portal que es su pecho de bronce.
El siempre joven Mamani siente, siente que el “dios-rayo” está muerto o desaparecido. Lo busca en el silencio y la introspección, en la aparente calma y no lo encuentra, porque no tiene que buscarlo.
Y cuando ya lo creía dormido o aniquilado por el poder del nativo embrujo, brota la llama consumidora, brota y brota desde su garganta y reverbera, se expande por los acusticos valles que lo multiplican, convertido en el grito de libertad de los pueblos oprimidos.
LA PASTORCITA
Apacible camina la Luz Clara tras su rebaño de somnolientas ovejas. Anda con la lentitud de la aurora, casi desafiando el paso de las azuladas nubes aymaras; silenciosa va con cuidado de no apurarlas en su marcha desganada; lleva las manos enredadas por detrás como el traidor pronto a fusilar, y no con mejor azar.
La vista cansada que se arrastra por el suelo y el pensamiento lejano le impiden descubrir los primeros rayos del día que, cual valioso regalo a su piel de tabaco, se filtran por entre las esponjosas nubes para estrellarse contra esa carne santa y virgen.
No ve el vuelo rosado de la parihuana que corta com el filo de sus alas la lasitud del cielo. Sólo la punta gastada de sus sandalias ve la Luz Clara, y el lomo de sus animales rezagados.
No ve porque piensa, piensa en la comodidad de la ciudad y proyecta un futuro sin la pesada carga del aguayo, piensa en la estirpe que ha de vestir y cuidar. Imagina y huele los manjares que cocinará para un esposo intachable que, sin penas ni rencores, regresará del trabajo con ansias de contarle los pormenores de su jornada; siente la suavidad de aún no confeccionadas ropas, siente el calor de un fuego que, sin consumirse, repiquetea amistoso y benévolo en la hoguera de anaranjados ladrillos…
Humedecidos sus ojos negros, estirados como almendras, destilan la añoranza yerma de un mundo esquivo mientras sus pies reconocen la amabilidad de un llano verdoso y acolchonado, donde la vanguardia de su rebaño come sin prisa ni alegría.
Se sienta, pues, a la vera del camino y del llano sobre la hierba, ocultas las piernas bajo los pliegues de su triple pollera, a esperar que sus animalitos se hastíen del fresco verdor mientras ella se adormece en el tedio.
Y cuanto más avanza el día sobre el ruedo de la mañana más se ensombrece su mirada. En sus ojos infieles se refugian las tinieblas y en su corazón el hastío ha echado negras raíces, poderosas como cadenas. Teje la araña su trampa a la sombra de un cómplice eucalipto y la pastorcita sus trenzas, descuidadas sus manos autómatas hacen y deshacen; es como una Penélope moderna, rechazando el hastío con sus manos.
Canta la alegría en los gorriones, grita el placer subiendo desde la costa em los balidos de una cabra mientras el desconsuelo y el encono bailan, convulsos, la danza de la victoria sobre la jovencita.
Del otro lado de la isla comienzan a tremolar, tímidos, los primeros suspiros de una quena que parece un canto, un himno apasionado a Wiracocha, al Tata Inti o los espíritus del Lago… Pero no, no es eso. Ella conoce esa melodía, es la quena de su prometido al que no quiere y la interpreta, válidamente, como un réquiem a la vida, el suspiro de la muerte.
Pronto cobra su mirada el vigor de un espíritu decidido, brillan sus ojos com el fulgor de la vida que resurge o resucita y comienza a andar con paso firme, al ritmo redoblado de la caña silbante. Olvidado su rebaño, corre hasta el lomo escarpado del cerro y salta, salta hacia las aguas sagradas del Lago para co-fundirse en un nado eterno.
Con los brazos y las piernas abiertas cae boca abajo y siente cómo el aire presiona su carne –talvez intentando detener su precipitado designio- y sonríe, sonríe mientras ve las aguas de plata fundida por el soplo del Tata que, solemnes, la esperan como una luz clara, silenciosas, para recibirla por siempre.
RESURRECCION
Caído observa Inti el fruto de la ira retorcerse, gime una súplica póstuma que brota desde la sangre, es su voz que lo invita a levantarse.
LA VISION
Despierta Balam y contempla el altiplano adormecido plagándose de colores, ve el árbol que da vida con sus muchas ramas extendidas hacia los cielos y tantas otras a la tierra, distingue entre el follaje la mancha informe de un búho. Siguen sus ojos el vuelo borroso e inhóspito que lo conduce a un horizonte encapotado, inmenso telon que esconde la inminente tragedia.
Su percepción se extiende, abraza la totalidad del valle con sus quebradas más distantes, las llamas consumiendo el pasto, los cóndores acariciando las nubes, su pueblo... Todo, lo ve Todo mientras silba el viento en sus oídos un tritono.
Sin solucion de continuidad se disipan esas nubes traicioneras; se delinean los contornos de una nave de hierro y madera que avanza sobre el gran río desprevenido, se dibujan rostros que no se parecen al suyo ni al de su pueblo, siquiera al de sus enemigos…
Abraza la totalidad del valle una vez más, la nave se multiplica, ahora hay rojo, hay negro, algo chorrea, ve que llevan vestimentas extrañas, que visten diferentes costumbres como así lenguas, presiente que no entienden lo que él y su pueblo saben de antemano.
Balam las ve acercarse, montes del horror bautizados con agua inocente, de ellas brotan figuras que asesinan el valle con el color de su sangre...
Cierra los ojos, pues, y siente el paso pesado de la noche triste acercándose.
AYER, HOY Y SIEMPRE… ENCADENADO
Encadenado a la herencia de sus padres ancestrales, Nelson trabaja encorvado sobre la tierra. De tanto en tanto se detiene para tocarse la espalda dolorida, como si la tibieza de su palma poseyera virtudes curativas, mientras piensa con amargura en la vida que hubiera elegido
A lo lejos la ve a su querida, de tonos vivos vestida, arrastrando un atado de leña que parece pesarle lo mismo que la Tristeza. Corre a su encuentro, en silencio carga sobre sus espaldas todo el peso que su mujer no puede ya cargar porque se ha debilitado con los azotes que le magullaron la carne, azotes de la vejez.
Olvidados de una descendencia que migró a la ciudad, de los acomodados muertos en sus últimas moradas y del mundo entero, ellos viven junto a la torva imagen de la Muerte que será, inevitablemente, su próxima compañera.
Nelson, manchadas sus manos con la tierra que trabaja, manchadas sus narices por el aroma a tierra mojada, siente el calor del Tata Inti redoblarse con maléfica intención. Le parece que el calor toma peso y volumen, siente que lo aplasta, tuerce las rodillas. Alza la vista y muestra al cielo la brillante tristeza de sus ojos ovales, da gracias a su diosito por la vida, entre pavoroso y solemne. La Pacha Mama responde desde la frondosidad cetrina de las yungas, surgen los cantos emplumados y los gritos alegres del ganado, fiesta de la naturaleza, fiesta en la que no se oyen humanos.
Ignorante e indolente, el Patrón valora más el peso de su fortuna que el valor del motor, que son sus peones. Ajeno a todo aquello, ajeno a la benevolencia y la igualdad animal, ajeno a todo por costumbre hereditaria, lo apura, lo apura como apura la chica dentro de su botella de vidrio. Sus manos, ignorantes del trabajo, no tienen callos, sus uñas brillan y no hay tierra en ellas, solo sus palmas estan resecadas por el roce de recontados billetes y por el puño entorchado de la fusta o de un látigo heredado, que empujan el cuerpo cansado de Nelson y la temprana vejez.
EL DEMONIO EMPLUMADO
En el primer día del Carnaval, propicio por el clima como si de la inauguración de la Tierra se tratara, despertó Don Félix entre inquieto y ansioso. Inquieto porque se había ofrecido para aquel día, ante la inocente insistencia de sus hijos y a pesar de ser ferviente cristiano, a participar en la diablada -pidiendo perdón de antemano a su Señor por tal atrevimiento. Ansioso porque una ajena excitación le revolvía las entrañas.
Así, frente a la dura reconvención de su devota conciencia, encarnada en la piel de su querida esposa, decidió vestir un traje que le calzaba a la perfección.
Se trataba de una chaqueta colmada de plumas verdes, amarillas y rojas bajo las cuales asomaban anaranjadas lentejuelas, centelleantes como una miríada de estrellas. Los pantalones, igualmente ornamentados, habían pertenecido al Diablo del año anterior y se ajustaban, mágicamente, a sus piernas inusualmente cortas. La máscara de colores variados, entre los cuales dominaba el carmesí de la sangre, le daba la imponente temeridad de un guerrero embravecido, ensangrentado, de eterna sonrisa pintada, sembrada de grandes dientes bajo unos ojos picarescos que sobresalian burdamente, delatando unas pupilas de fuegos triangulares.
Un pesado poncho de vicuña le colgaba, a modo de capa, de los hombros y una corta pollera le ceñía la cintura; ambas prendas adornadas con ondulantes serpientes bordadas, de torvas sonrisas y maléficas miradas. Sobre su cabeza llevaba una corona de policromas plumas desde donde sobresalían, cóncavos y estirados, los cuernos.
De aquel modo se presentó tras sus compañeros de la “diablada”, también disfrazados pero con menor pompa, quienes sintieron una grave presencia en el instante, obligándolos a darse la vuelta. Y no hubieran creído que se tratara de Don Félix disfrazado si no fuera porque él, al ver sus caras de asombro, se quitara la máscara.
La diablada comenzo bailando en dirección a la calle principal entre trompetas y trombones, saltando al son de los bombos y los redoblantes, cantando o gritando a tiempo y desafinados, con esa hermosa desafinación que en la música académica no sería sino irrisoria composición.
Félix bailaba dando saltos, agitando su cetro de plástico fundido y, cuando su excitación se lo permitía, dando gritos. Y por cierto que se lo permitía con extremada frecuencia, alentado por el anonimato de la máscara y la diabólica representación.
La agitada diablada recorrió a los saltos aproximados seiscietos metros entre el bullicio del pueblo y la agitada alegría de los niños que jugaban correteando ya entre los bailarines y los músicos, ya entre el público y las fachadas de las casas.
Don Félix se alentaba con cada salto y con cada grito, saltos que cada vez eran más ágiles, gritos cada vez más fuertes, hasta llegar frente a la Catedral donde acudía rigurosamente todos los domingos, esta vez secundado por la banda y los bailarines que, en un corro giratoria, alentaban al embravecido Diablo.
Sus “demonios” escupían fuego sobre sus antorchas a los lados, como espantando contrarios espíritus, la gente saltaba en su sitio, algunos mecían torpes sus cuerpos, otros lenta y armoniosamente. Gritos de alegría y arenga, risas de amor y sonrisas de complacencia se posaban en los labios de todos y el Tata Inti, como por todo regocijado, acariciaba con sus mil brazos toda la piel morena y la superficie del pueblo.
Entonces, ebrio de alegría y diversión, el Diablo se dirigió entre saltos al portón de la Catedral ante la vista sorprendida de los incansables músicos. Adentró en la lúgubre frialdad del edificio sin detenerse un instante, saltando en círculos frenéticos, dibujando inconcientes e invisibles pentagramas con sus pasos, el Demonio emplumado de rojo.
Tata Inti se filtraba teñido por los vitrales del alto techo, alentando con su presencia al hijo de fuego ya extasiado por la alegría y el baile exhaustivo que interpretaba, erradamente, como una revelación y consentimiento de su Señor.
Redoblando el paso al grito de “Sí, Señor. Sí, Señor” como perdida la razón, llegó al altar. De un salto subió a la rectangular mesa ceremonial donde yacía olvidado un cáliz aun con restos de dulce ofrenda. Y saltando en circulos sobre su pie izquierdo lo derramó sobre su boca sellada, desparramándolo por el marmóreo suelo.
Llegando asi al paroxismo de su devoción para con su Señor, que ignoraba era el mismo al que interpretaba, el mismo al que libaba y al que robaba su vino.
COSA DE NIÑOS
Cesar contempla el paisaje de su floreciente Imperio desde su trono de pedernal y sonríe; se ufana por todo su dominio porque ignora es tan suyo como del pueblo. Hacia cualquier sitio donde dirige sus ojos ve la imborrable marca de su brazo subyugador, por el cual sufren y mueren millonadas de esclavos.
Camina sin necesidad de una guardia imperial, tal el poder y temor que emana el gigantesco Cesar que entre súbditos y esclavos se mezcla para conocer la actualidad de sus tierras. No necesita de patrióticos soldados ni hambrientos mercenarios, no, Cesar es dueño y señor de un Imperio nunca imaginado donde la paz fue impuesta a través del terror asesino.
Aburrido, hastiado de todo, desanda lo andado para retornar a la comodidad de su trono, desde allí puede vigilar la vida del pueblo, regocijarse con el ajeno sufrimiento. Arranca con sus dientes negras uvas mientras ve las casas de barro como pequeños volcanes vomitando negros trabajadores.
Se encapricha con que algo anda mal.
La quietud del día y el consejo de la justificada paranoia le sugieren una repentina sublevación, se estremece, un río de temor le recorre la extensión de su espina dorsal.
Ve los mensajeros volando por el éter sin prisa sobre las murallas de su Palacio, ve las comunidades lindantes que pronto responderán a su voz de mando, ve a su consorte Selene alzarse en el diáfano día.
Ve lo de todos los dias y aun asi se convence de que algo anda mal.
Las copas de los árboles parecen mezquinar sus sombras a los habitantes y en las moradas subterráneas se arrastran los condenados en sus celdas tubulares.
El gigantesco Cesar ve cómo sus esclavos de piel carbón trabajan en una fila interminable que se agita cual serpiente herida y sonríe, sonríe cuando ve cómo se esfuerza uno de aquellos, solícito, por llevar sobre su cabeza una carga que pesa tres veces su cuerpo y que cada cinco pasos se detiene.
Rie hasta que recuerda sus pesadillas de rendición donde sufre la justicia de los justos, donde su llanto se mezcla con el sudor y su inmundicia con la tierra de su pasión…
Entonces, aún temeroso de una presunta revolución, picado por quién sabe cuántos pensamientos-demonios, extiende toda la longitud de su cuerpo y retorna hacia los campos donde trabajan los esclavos sin más cadenas que las que templan la costumbre y el temor.
Y con la extrema maldad y desconsideración de un poder enviciado, quitando todo valor a las cosas, comienza el gigante cual dios iracundo a arrasar con todo lo que existe bajo su dominio. Su furia no hará distinción de castas, porque ignora de dónde saldrá el flechazo que derrumbe su trono.
Con el poder de su brazo levanta la tierra seca y revuelve las humildes moradas, escupe sobre sus víctimas aún moribundas ahogándolas en su bacterial ponzoña y, a veces de a puñados y otras individualmente, aplasta la sumisión de esos esclavos que con tan comprometida labor levantaron la belleza de su imperio.
Cava de un manotazo la fosa común donde sepulta un centenar de existencias, practica la vivisección sin más instrumentos que sus uñas, despedaza a golpes con su cetro la carne ya magullada de un caído mensajero.
Mas, cuando ya su sed de muerte y destrucción rozan el paroxismo al regar los campos con el líquido que se convertirá en fuego devorador, ve surgir del Palacio el cuerpo de otro gigante que se acerca sin miedo, apacible como si nada sucediera.
Poco a poco se ensancha y se estira la figura del ya conocido intruso que trae las malas nuevas de todos los días, y oye la voz suave y aguda del querer que lo llama y que dice:
- Cesar, guaguita, deja esas hormigas tranquilas y ven a comer que se enfría la sopa, luego continuarás con tus juegos.
EL YATIRI
- Cierra los ojos -dijo el yatiri- e intenta ver el paisaje que ves con los ojos abiertos.
- No veo más que oscuridad -dijo el aprendiz.
- Será porque intentas traspasar tus párpados, no seas necio y no intentes lo imposible.
- Pero…
- Olvida tus ojos, pues, y enfoca tu mente. Expándete, sé el paisaje.
Así lo hizo. Y pudo ver el paisaje y mucho más de lo que jamás hubiera imaginado.
Vio las ruinas que ya no eran ruinas sino una ciudad en su apogeo, vio cómo de las casas de piedra salían hombres de fuego y mujeres de agua, vio las aguas del Lago cristalizadas cual magico espejo, espejo que no reflejaba sino ese cielo rojizo donde parecía abrirse un portal que daba paso a otro mundo, otra realidad.
Entonces, temeroso de lo desconocido, abrió los ojos y con brusco movimiento buscó a su maestro.
Y no encontró más que un presente ceniciento.
KALLAWAYA
Andando por el bosque perfumado, envuelto en la fresca humedad de las sombras, pensando en el futuro incierto de su vida enferma, el kallawaya se detiene al pie de un arvol extranjero de salientes raíces como serpientes.
Allí, de pie, rutilante su pálida carne, le espera el remedio recién nacido del padecer.
Lo alza y lo sostiene en la blanda concavidad de su palma para luego destrozarlo entre sus dientes y una lengua que baila porque sabe que pronto no habrá miedos ni dolencias.
LA MALDICION
La isla Q`hoa, llena tanto de misterios como de maldiciones, siempre le habia llama do la atencion, quiza debido a ese caprichoso deseo de probar lo prohibido o a la adolescente rebeldía contra los padres. El joven Félix, luego de ofrecer a la dicha algunas melodías con su quena bien temperada desde el cerro más alto en las ruinas Chinkana -extremo norte de la Isla del Sol- bajó raudo y ágil cual cabra por el camino invisible de piedras.
Ya frente a la isla ofrendó coca al Lago y encendió un cigarro sin tragar el humo en honor al Tata Sairi, también como ofrecimiento a la Isla y el Lago.
Pronto comenzó el joven a sentir la extraña influencia de una energía capaz de doblegar todas sus determinaciones, incluso la más poderosa, amenazando su vida. Fijó sus ojos sobre la costa amarillenta de Q´hoa y, agazapado en una gran roca, alzó el agua sagrada en el cuenco de sus manos, humedeciendose los labios, la frente y la nuca tres veces consecutivas.
Sentía que alguien lo llamaba, invitándolo desde la costa enfrentada, incluso creyó ver la figura de hombre, monstruo o mujer que, con un brazo en alto, lo arengaba a nadar hasta su lado.
Amedrentado, más por las historias y las duras reconvenciones de su madre que por lo acontecido, alzó lo ojos al cielo y vio al Tata Inti como nunca lo viera: un verdadero ojo de fuego con un arco iris que en torno se cerraba perfecto y un cóndor, símbolo del buen augurio, transitaba impasible dentro de aquel círculo policromo.
Pero la suposicion, la duda y el consecuente miedo pudieron más que el aliento del cóndor. El joven Félix dirigió sus pasos cuesta arriba, presuroso como en la bajada, ahora con paso más tosco e inseguro. A cada momento se daba la vuelta, inquieto, para observar la isla maldita que lo llamaba; y en uno de esos tropiezos con las rocas en el camino invisible, dio de cara al suelo y vio que frente a sus ojos dormía enroscada una verde y negra serpiente.
Así, redoblado su temor por la maldición de la serpiente, se levantó y corrió con tristeza en cualquier dirección sin importar el destino, siempre que lo alejara de la isla y la serpiente.
Al cabo de unos minutos e incontables metros vio que por sobre su cabeza, no muy lejos, cortaban el aire con sus alas cinco cóndores en vuelo espiralado, lo cual, sin hacer caso del buen auspicio de aquellos pájaros sagrados, no hizo más que acrecentar la desesperación del joven, que aún corría y tropezaba en el camino invisible del cerro.
Entonces el claro cielo se cerró en una olla de negras nubes que preconizaban no sólo una lluvia sino una furiosa tormenta. Y el lago, hasta entonces amable y pasible, tornose negro como las plumas del cóndor.
El joven, ya exhausto por la desesperante carrera y la doble maldición de Q´hoa y la serpiente, cayó de rodillas en un claro terroso del cerro y sopló su quena para ser escuchado por algún pastor descuidado que aún no reunía su rebaño.
E, inhóspita sorpresa, su instrumento no hizo más sonido que el del viento. Lo intentó dos y tres veces más, en caso de estar sus labios en posición incorrecta pero no, no era él ni su instrumento presentaba desperfecto alguno, el cual revisó de uno a otro extremo en busca del quiebre o rotura en la caña. Era la maldición de la isla y la serpiente que no se hizo esperar.
Consciente de que no podría escapar, abatido y entregado, el joven Félix se dejó caer por el cerro y rodó hasta las orillas del Lago embravecido que, poco a poco, lo acercaba a la isla que gemía con humano lamento.
MARATON DE CHOLITAS
El corriente bullicio que fluye por las calles paceñas fue sostenido momentáneamente por el silencio que engendra la expectativa, pues aquella tarde se celebraba la gran Maratón de Cholitas con Carga.
La carrera consistía en recorrer tres mil trescientos treinta y tres metros, progresivamente ascendentes, llevando en sus espaldas la carga más pesada posible, con o sin aguayo.
Las autoridades de la cuestión habían cortado el tránsito de la doble avenida Camacho y dispuesto una serie ininterrumpida de banderines con los colores nacionales que flameaban a lo largo del recorrido. Y, aunque todavía faltaban algunas horas para el comienzo, algunas mamitas ansiosas tomaban posición tras la línea de largada.
Miles de trabajadores y otros tantos vendedores ambulantes, un gran manojo de borrachos a destiempo y todos los niños de la zona se confundían a lo largo de las veredas formando un colorido gusano de carne y tela que se movía pero no avanzaba.
Algunas de las mamitas ya posicionadas llevaban el peso en sus espaldas, en símbolo y demostración de su incansable fortaleza, otras, asesoradas, hacían estiramientos a la vera de sus cargas ya envueltas en sus aguayos o atadas con gruesas sogas a modo de frutos deformes.
No sólo habían asistido al encuentro mujeres de todas las edades sino también de todos los lugares, desde las yungas hasta el salar, desde los cerros hasta el Titikaka. Todas se encontraban muy alegres, aliviadas del trabajoso peso de todos los días.
En cuanto a sus cargas, las autoridades debieron reconocer no sólo lo desmesurado sino también lo creativo de las mismas. Había quienes cargaban en sus espaldas todo el peso de una cajonera con todas sus porquerías dentro, otras llevarian bolsas de habas o maíz; habia una que, envueltos en cuidadosos pliegues, cargaba con toda su descendencia, contándosele trece guaguas, algunas pedían ayuda para que les apilaran sobre el lomo un contado número de piedras en un ya premeditado orden. Había quienes, sobre una tabla transversal apoyada en sus cabezas, llevaban diez bolsas de papa, otras acarreaban de un brazo a sus maridos durmiendo la borrachera de todos los días. Una que llamó la atención de todos hacía precalentamientos tras la línea de largada, al costado de un minibús que, por lo visto, pretendía llevar a cuestas en agradecimiento por las tantas veces que, indolente, la había conducido a su destino. Y claro, no faltó la que, vestida con perfumadas ropas y luciendo renovadas chullpas se alistó para participar llevando tan solo su aguayo vacío como adorno cruzando su torso y realzando sus senos vigorosos. Esta ultima respondió que era la que mayor carga llevaba por haberla castigado la vida a arrastrar el peso de tan desdichada existencia, incluso mayor era esa carga, decía, que la que su colega pretendía llevar, señalando a la que aún hacía ejercicios junto al minibús.
Y todo estaba listo para comenzar la carrera cuando un papacho bien borracho se desmayó en medio de la calle y cuando varios de los organizadores fueron a quitarlo del medio vieron que estaba muerto. Las cholitas concursantes, por respeto al borracho, decidieron dar por terminada la carrera y volver a sus vidas rutinarias. Creyendo todo aquello una estupidez sin sentido, que no daría de comer a sus hijos sino a sus egos.
EL CHOLO
Nacido en las altas montañas del vientre de una mamita tostada y un español pálido como lana blanca, en el cholo predominaban aún los rasgos y el color de Bolivia, como lo negro oscurece lo blanco y este ultimo se empeña en aclarar lo primero, así fue la lucha entre sus genes paternos.
Refutando las teorías de múltiples y reconocidos pensadores como Plotino, Hobbes, Platón, Freud y Etc, sobre la maldad innata en el reino animal, del cual el Hombre es tirano y señor, la vida de Atahualpa fue, en su primera infancia, poderoso argumento, valiosa reputación y defensa. Y digo primera infancia porque no hay sino tres etapas en la vida del hombre, y las tres son infancias: la ya mencionada, la segunda que muchos se obstinan en llamar de adolescencia y, la tercera, al resto de vida que equívocamente se conoce como vejez.
De las frías montañas migró una noche, esperanzado y medroso “como un pájaro sin luz”, a la ciudad. El cholo finalizaba entonces el primer tercio de su segunda infancia.
La ciudad, donde todo el esplendor y la variedad de ofertas en relación a lo que un ciudadano podría imaginar, más no un paisano como él –al que jamás se le ocurriría que trece despensas pueden subsistir cómodamente en la misma cuadra, o que la virtud de una mujer valiera tan poco-, es un mundo completamente nuevo que deslumbra el alma a través de los ojos y que, si no la pierde, la confunde o dispersa.
Sus padres lo habían criado en un cuento donde no existía otro mundo que el de la montaña, donde no existía ni la pena ni el hambre, todo era cálida luz y benévolos juegos, verdadera hermandad y, eso sí, trabajo duro.
Pero la ciudad le había demostrado, recién llegado, el inocente engaño de sus padres.
Si bien la ciudad y sus habitantes, que son como las sombras de fantasmas, no lo impregnaron con toda su combustión y pegajosa corrupción sino hasta alcanzar sus siete primaveras ciudadanas, pronto olvidó el cholo la lejana casa de sus padres, la compañía de sus amigos de juegos y todo lo relacionado con esa vida pura y sencilla; desde entonces reaccionaria con sentido desprecio si alguien preguntaba por su pasado, y no se molestaba en disimular la contracción de esos labios que, silenciosos, manifestaban el sentimiento.
Así, con la certeza de que uno “no puede fiarse ni de su hermano”, siendo los padres desde siempre embusteros y encantadores de niños, ocultando tras un manto colorido la dual otredad del mundo, Atahualpa se replanteaba muchos ideales impuestos. Si la familia era ese lazo intrínseco e inextirpable, incorruptible por la sangre, indisoluto por el amor platónico… si la familia era todo aquello y los padres del mundo no daban el ejemplo, ¿en quien se podía confiar? ¿el Sistema y las personas eran iguales al teatro y los actores?
Así, partiendo de aquellos desconsolantes axiomas, Atahualpa forjó un escudo sin mas materiales que la Desconfiada y la Indiferencia; escudo que interpondría por siempre entre la sociedad y su frágil persona.
Año tras año fueron cayendo ideales y supuestas verdades que, junto a variados acontecimientos funestos, moldearon su inocente espíritu, espíritu que mutaba con la acción como el retrato de un Dorian boliviano, mientras su cuerpo y su piel permanecían inmutables a los golpes y amarguras de la vida.
Yo fui igualmente criado en un cuento de duendes y hadas, mas la experiencia ciudadana dictóme temprana y apresuradamente el “manifiesto de MI”: la Maldad Innata. Así lo sostuve y creí hasta conocerlo a Atahualpa, quien me convencería, con su desgraciada vida, de que el Hombre no nace ni bueno ni malo, sino que nace, simplemente, y solo es, es ni esto ni aquello, hasta que un desconsiderado le golpea las nalgas.
Y como la ciudad es rigurosa y efectiva maestra en el arte de desilusionar al paisano que llega con toda esa ilusión ficticia que ha ahorrado durante la eternidad que duró la espera, tras tres trienios del exilio de su tierra a un cuarto de pensión, ya era el cholo licenciado en Relaciones Infra-Humanas, Maestro Mayor de Sobras y tramitaba ya la maestría en Teatro e Hipocresía.
Títulos todos que no se adjudicaría sino tras la desilusión de perder a su gato un día, y al siguiente a dos amigos que le hicieron el “cuento del tío” y se vendieron fácilmente en dos días. Finalmente, como si el destino se hubiera empecinado fascinantemente con su triste existencia, tres magníficas mujeres le juraron amor en dos noches consecutivas, olvidándolo al amanecer con la más despiadada indiferencia y todo lo que llevaba en el bolsillo.
Aquellos acontecimientos en lugar de endurecerlo hicieron que el cholo decidiera, tras mucho pensar, considerar y reconsiderar las diversas posibilidades, volver a las montañas y restituirse, volver a su inocencia, su estado primero, sin hacer caso del orgulloso fracaso que lo encadenaba a la ciudad.
No sería aquella una decisión acertada, por el contrario.
Ni bien bajara del minibús en la comunidad, sus antiguos compañeros de juegos no pudieron más que burlarse de los colores opacos y sin gracia con que ahora se vestía, de esos pantalones negros que desembocaban en unos zapatos de cuero aún vagamente iluminados por un repentino lustrado y, no menos divertido, fue para aquellos amigos ver y tocar la pálida camisa de algodón que llevaba abotonada hasta la garganta y que hacía juego con sus dientes de sal, cuando su vieja y querida Alegría le regalaba una sonrisa.
De modo que el cholo se convirtió en el blanco de las bromas aquellos días, donde a cada momento le preguntaban si recordaba cómo pelar un plátano, como aporcar la papa o si aún recordaba el sabor del chuño. Atahualpa contestaba siempre con la silenciosa impotencia de quien siente el desprecio y la incomprensión de los seres queridos.
Sus padres, que ahora lo veían como un fracasado, le pintaban en la cara las historias de los muchos jóvenes que se habían marchado a trabajar a la ciudad y que, pasados los años, aún permanecían. Ignorantes los ancianos, que nunca habían pisado el asfalto por más de un día de compras e intercambios, desconocían la vida de aquellos cholos exiliados por motus propio, pues, contrariados por el fracaso, los más se abandonaban en brazos del alcohol o lloraban la vida en el abandono, la infértil tristeza y la insazonable razón de ser lo mismo que en cualquier parte: animales con aires de grandeza.
Tras la enésima desilusión de su vida volvió el cholo a la ciudad, quien lo esperaba con las lubricadas piernas abiertas y una paceña al tiempo.
Y así es que terminó por perder sus valores, la humanidad y todo lo que había creído como verdades indiscutibles allá en las montañas no era más que pulpa de mango, dulce suavidad de una niñez ajena a ese cuerpo tostado de combustión, embadurnado en grasa y de frituras relleno.
Triste unas veces y resentido las otras, Atahualpa se acostaba en la noche sobre su colchón de paja contemplando ante sus ojos cerrados la imagen de sus padres sencillos e ingenuos.
Pero lo cierto es que no recordaba el ojo de las vicuñas ni de cómo sembrar el maíz o cuándo coger la oca, ni parecía recordar sus antiguas vestimentas cuando, acodado en la ventana, reía a carcajadas de un paisano de paso.
Sí, Atahualpa había perdido la raíz, los valores, la humanidad. Y como si la noche entera hubiera llorado la pureza de su raza, despertó antes que el Tata Inti sintiéndose ya un hombre de ciudad, donde el juego es llegar a la meta solitario, pero valiéndose de otros, valiéndose de lo que sea.
El primigenio Atahualpa había muerto aplastado por la Ciudad, era como Van Gogh –con la sola diferencia de que el tiro en el estómago lo disparó la Vida misma, desnuda y apuntando sensual una escopeta de doble caño…
El cholo se alza resucitado, su cuerpo presenta un cambio drástico en el porte, alzado el pecho cual pájaro carroñero, la mirada magnética y sus armas psicológicas que no dudará en utilizar. Es un nuevo Atahualpa, su antípoda indiscutible, su peor enemigo.
Se calza los zapatos de cuero gastado y todo el disfraz de hombre de ciudad y, luego de cruzar cómplice mirada con el espejo, sale a la calle envuelto en la mañanita, dispuesto a pisar, batallar y avasallarlo todo, absolutamente todo.
Bolivia 2009

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