EL DESPERTAR DEL TITIKAKA
Desplegando el cielo infinito sobre el espacio en tinieblas, Wiracocha[1] se propuso crear la Tierra, y todo lo que de ella brota, con indiscutible perfección y belleza. Así surgieron, poco a poco junto al recien nacido Tiempo, cerros y valles, ríos, cuevas, árboles y flores, insectos, animales, seres y sentimientos.
Todo era un espectáculo para los ojos recién despiertos de los cóndores, los hombres, las llamas y las serpientes. Balaban las ovejas de contento y los pájaros, de inmaculado plumaje, probaban la elasticidad y fuerza de sus alas junto al canto de sus pechos al viento. Todo era bondad, alegría, paz y sosiego en el nuevo mundo, especialmente en un hermoso y novísimo valle que descansaba al pie de magníficas montanas.
Entonces, el Creador dio morada a los peces en el agua, hizo que los pajaros reinaran en los aires y mandó a los hombres a vivir en las pampas, incluso en la falda de los cerros, diciéndoles que nunca deberían llegar hasta las cimas de las montanas, si es que no querían ser causa y consecuencia de su enojo. También ordenó que nadie podría subir al cerro nevado que bloqueaba el horizonte sagrado[2], por ser aquella su propia morada, desde donde el achachila[3] vigilaba la Creación y donde permanecía sempiterno el penacho de fuego que prohibió tomar a los hombres, conjurando quien sabe cuántas y cuáles maldiciones a quienes lo hicieran.
Así transcurrió un tiempo en total armonía, donde todas las criaturas del planeta no conocían el ego, la codicia, la maldad, la ira o la injusticia.
Mas un día los hombres, punzados por el Awka[4] en sus corazones más que en sus mentes, se dijeron:
- ¿Por qué no podremos subir? ¿Qué nos oculta? Queremos ser, como Él, sabios y poderosos y… además, queremos el fuego, el penacho de fuego.
Así diciendo y sin pensarlo un segundo más, comenzaron a subir lá montana de pico resplandeciente, ávidos de curiosa ambición, entre alegres y temerosos. Mas pronto escucharon los terribles rugidos que, colándose por sus orejas, retemblaron en todo su interior. Eran los bramidos de incontables pumas grises que salían de sus húmedas cuevas, comandados por el brazo invisible de Wiracocha, para entrelazarse con los humanos en terrible carnicería.
Los fibrosos pumas, con precipitada y descendente carrera en dirección al paradisíaco valle, saltaban elásticos sobre los hombres que ya corrían o rodaban cuesta abajo, los despedazaban con sus poderosas mandíbulas, horadando la carne joven con la conicidad de sus dientes y desmembrándola con afiladas garras, duras, como petrificadas.
Gritos de dolor, de llanto y de súplica, en canon y a destiempo con los rugidos de las bestias, resonaban por el acústico valle; gritos a los que respondían, indolentes, los pájaros desde lo alto. Regado el suelo estaba con la sangre de los hombres que, por doquier, parecía brotar de las profundidades de la roca y se mezclaba con la tierra, coloreándola.
Sólo bastó un día para que los feroces pumas aniquilaran gran parte de la raza humana y, aunque hambrientos, no devoraban a sus víctimas sino que las abandonaban ya moribundas, ya despedazadas, como provocador arquetipo a los que aún no caían bajo sus ágiles pelajes.
Grande, tan grande fue el dolor del Tata Inti[5] por el exterminio de sus hijos que, derramando su líquida pena sin consuelo, durante el tiempo que duran cuarenta noches con sus respectivos días, las partes más bajas del valle pronto se vieron anegadas por tan copioso llanto. Tan constante y prolongado era su llanto-lluvia que poco a poco el valle se transformaba en laguna y pronto en un gran lago que poco a poco iba tragandose la pampa con sus árboles, sus casas, sus sembrados y, finalmente, ahogó a los pumas asesinos junto a los pocos hombres que aún se aferraban a la vida.
Entonces, apiadado y dolido, resplandeció nuevamente el Tata Inti por sobre los cerros, regalando un inusitado, magnifico y renovado paisaje a la única pareja sobreviviente, Mallku Capac (Manco Capac) y Mama Ocllo[6]:
Un lago inconmensurable, de aguas claras y erizadas por el cosquilleo de una amable brisa, se extendía desde el lejano horizonte... Las cimas de los cerros -antes prohibidas- brotaban del agua como el lomo de inmensos peces monstruosos, convertidos en islas.
Flotando entre las islas recién nacidas, mecidos por la corriente serena, asomaban los pumas ahogados que, con sus panzas arriba, parecían ovaladas piedras[7].
Fuentes:
Guía local de la comunidad Yumani, Sur de la Isla del Sol / Raices de América: El Mundo Aymara. Compilación de Xavier Albó / Edgar Quispe Chambi: Traducción de Cuentos y Tradiciones Orales en Aimara / Victor Ochoa Villanueva: Leyenda del Valle de Wiñay Marka.
FORMACION DE LA ISLA DE LA LUNA
Una inmensa serpiente deambulaba por el recien nacido Lago Titikaka en busca de la Isla del Sol, sin más intenciones que la de atravesarla en su furiosa carrera.
Así anduvo indeterminado tiempo, encerrada en los perímetros del lago menor, llamado Huiñamarca o Winay Marka, hasta que un día, redoblando su poderío y agitando las tranquilas aguas recién nacidas, la serpiente atravesó la tierra donde hoy yace el Estrecho de Tiquina[8], dando paso al encuentro de las aguas contenidas en el Lago Mayor -también conocido como Chucuito- con las del ya mencionado Lago Menor.
Mas, cuando su impulso maligno la conducía ya en la dirección de su objetivo, Manco Capak[9], de pie sobre la costa rocosa de lá Isla del Sol, vio que la enorme serpiente se acercaba con suma y decidida rapidez.
Entonces, rodeando una gran piedra con su honda y alzándola por sobre su cabeza en giros que aumentaban la velocidad progresivamente, el poderoso brazo de Manco Capac soltó de un extremo la honda mientras la serpiente continuaba avanzando y ya sólo le restaban unos aproximados cuatro kilómetros para cumplir con su maldoso propósito. El tiro avanzaba con la velocidad de la serpiente, cortando el espacio invisible cuando, con gran estruendo, fue a estrellarse directamente en la cabeza de aquel inmenso reptil, arrancándosela de raíz y dejando a la vista su extremo sangrante mientras retrocedía, herida de muerte, unos cientos de metros[10].
Desde entonces el cuerpo descabezado, convertido en piedra y a la vez en novísima isla, permanece en aquel mismo lugar con su forma de serpiente sorprendida en mitad de la carrera. Yace su cabeza en el fondo del Lago junto a la campana de oro que llevaba amarrada al cuello y que, en las noches de tormenta, puede el oído atento escuchar su repiquetear, surgiendo desde la profundidad de las aguas.
Fuente: Leyenda nativa.
PODER KALLAWAYA
Cierta vez, uno de los hijos de la familia real Inca se enfermó de, al parecer, fiebre y delirios. Los días pasaban y el muchacho no mejoraba mientras sus padres visitaban lugares sagrados y diferentes hombres instruidos en la medicina ancestral. Nada funcionaba y no hallaban en todo el vasto imperio quién los librara de aquella enfermedad –o maldición.
Fue entonces que un día escucharon de voces prestadas sobre los kallawayas bolivianos, quienes tenían fama de eficientes magos y curanderos. Así agotadas las alternativas de ver curado a su hijo y casi perdidas las esperanzas, fueron en busca de aquellos desconocidos para consultarlos y probar, o comprobar, la veracidad de sus mágicos ritos.
Los tres kallawayas, concientes de las duras represalias incas ante las faltas o mentiras –a diferencia del pacifismo aymara-, aunque no se consideraban ni mentirosos ni farsantes, ni dudaban de sus ritos curativos, temieron de no poder salvar al niño inca y recibir, como único pago, la muerte.
Aún así se aventuraron a preparar un jarabe para el niño dolido. Con manos temblorosas mezclaron hierbas y demás ingredientes secretos y, sin esperar que se enfriara del todo, entre impacientes y curiosos, le dieron de beber en un cuenco de cerámica, sosteniéndolo con sus propias manos.
Fue entonces cuando aquel temor se deshizo en mutuos festejos al ver curado con sus medicinas al niño inca. Alegres y risueños recibieron el pago, las alabanzas y felicitaciones de la familia real y, desde entonces, el poder de la convicción acrecentó sus poderes mágicos de curación.
Fuente:
Don Francisco Mamani Amaro.
LAS RIQUEZAS OCULTAS
“La gente sabe el precio de todo
pero no conoce el valor de nada”
Oscar Wilde
Creencia popular es que los Incas, a través de innumeras revelaciones y cálculos astronómicos, supieron tiempo antes que hombres extraños llegarían de tierras lejanas; hombres barbudos que irían a subyugarlos, robar sus posesiones, poseer sus mujeres y, como si eso fuera poco, utilizarlos como mano de obra regalada, herramientas sin alma, humillándolos y aniquilándolos en la ceguera de su codicia.
Así, pues, concientes de aquel aciago futuro no tan lejano, mandaron los principales hijos del sol que se escondieran los adornos e instrumentos ceremoniales de oro y sus cerámicas, tan preciadas como útiles, en diversas partes de la Isla del Sol: un tercio fue enterrado en uno de los cerros que descansa en la parte central –donde actualmente se asienta la comunidad Ch´alla-, otro tanto sepultaron en los cerros al norte de los terrenos que hoy yacen bajo el nombre de la comunidad Ch´allapampa y luego, ceremoniosos, arrojaron la tercera parte de aquellos tesoros al Lago sagrado.
Entonces sus mujeres y doncellas, tan fieles a la libertad como a su raza, corrieron a sumergirse también en aquel Lago que, solemne y agradecido de recibir tan valiosa ofrenda, las abrazó, magnánimo, entre sus límpidas aguas.
Fuente:
Manuel Mamani Mendoza, Isla del Sol.
EL TORO DE ORO
Situada frente al extremo norte de la Isla del Sol, abundante en misterios, yace la Isla Q´hoa, de pequeñísimas proporciones, y es como un gorro frigio que se posa sobre las pacíficas aguas del Lago Sagrado.
Su superficie, carente de árboles, y su escasa vegetación, plagada de piedras, le brindan un pálido matiz –en comparación a las islas que pueden verse a su alrededor- y dan fe de su singularidad. Los pescadores nativos no se atreven a pisar su mítica superficie, siquiera circundarla o acercarse con sus botes, por temor a caer bajo alguna de sus maldiciones o encantos.
Se dice que, en la época colonial, los imperialistas españoles enviaban grandes buques de madera donde transportaban azúcar y otros alimentos, desde el extremo norte del Lago hacia el extremo sur. Aquellos buques eran comandados por esclavos incas a través del Titikaka, cuya ruta inevitable pasaba a la vera de la Isla Q´hoa.
Cuenta la historia que, bajo la noche estrellada, los navegantes sin jornal vieron, parado en la orilla de la isla, a un gran toro de oro, observándolos. Entonces, contagiados por la inmensa codicia material de los colonos, áurea avidez, los esclavos arrojaron un lazo que, efectivamente, se cerró en torno al cuello dorado.
Y ya se festejaban unos a otros ante el rotundo cambio de sus suertes y se relamían con el futuro que yacía tras la madrugada, mas…
¡Funesto devenir! Cada tirón que los ya cansados esclavos daban a la resistente soga para acercarlo, hacía que el inmenso buque poco a poco se hundiera, mientras el toro dorado permanecía, inmóvil, en su lugar.
Así, el deseo estúpido de riqueza pudo más que la desesperante y triste resignación a la vida esclava y al sentimiento libertario de la lucha por una vida digna, y en no muchos tirones terminó por hundirse el buque y todos sus tripulantes.
Mientras tanto, bajo la noche estrellada, el toro dorado los miraba, de pie, inmóvil desde la orilla.
Un abuelito habitante de aquella región asegura haber encontrado, en su juventud, restos de aquel buque de madera y dice aún conservarlos, convertidos en pequeña puerta de su humilde morada en la Isla del Sol.
Fuente:
Rita Tikona Mendoza, Isla del Sol.
LA CIUDAD SUMERGIDA
Bajo el triángulo de agua delimitado por las tres islas situadas al norte de la Isla del Sol, islas Ch´ujo, Pallalla y la ya mencionada Q´hoa, yace sumergida la ciudad denominada Markapampa, ciudad toda de piedra e intacta que data del año 1.500 antes de cristo –aunque hay quienes aseguran que existe desde tiempo inmemorial[11].
En dicha ciudad se han realizado algunas expediciones entre los años 2000 y 2009 –a cargo de buzos extranjeros- y se han encontrado tres cajas cónicas líticas (el período lítico corresponde a los años 10.000 a 3.000 antes de Cristo) contenedoras de innúmeras piezas de oro, dentro de las cuales fueron encontrados: un vaso de oro puro de ocho kilos, dos estatuillas desnudas y enfrentadas en símbolo de la dualidad masculino-femenino y el pesado medallón de la cultura Tiwanaku, donde podían distinguirse claramente las figuras de pumas, jaguares y cóndores, entre otros.
Estas piezas y muchas otras -las que se salvaron de las manos expedicionarias y totalmente ajenas- permanecieron expuestas durante un tiempo en el “Museo del Oro” en la comunidad Ch´allapampa de la Isla del Sol. Pero como el oro trae la desunión a través de la codicia, hace ya mucho tiempo que han desaparecido en manos de un furtivo ladrón, al que algunos señalan entre los habitantes de aquella comunidad.
Desde el año 2009 se han abandonado las expediciones bajo la simple y burda disculpa de los expedicionarios de no hallar más oro, único interés y motor de quienes se conducen bajo el influjo material. Aun así, hay quienes creen que un gran jaguar de oro macizo permanece aún amarrado con áurea y gruesa cadena a la entrada de la ciudad, celoso guardián del tesoro que es Markapampa y que aún se resiste a las manos de la codicia.
Fuente:
Manuel Mamani Mendoza.
LA ISLA DE LOS PAJAROS
Omar se abre camino entre las aguas del Lago, solemne y silencioso, sentado en su pequeño bote a remo mira atontado los muchos pájaros que revolotean en torno y sobre la isla; esa isla que tanto le han prohibido sus padres cuando niño, y que ahora incluso lo alientan a visitarla.
Ch´oqella, más conocida como “La Isla de los Pájaros” -por ser de morada numerosos Mijis de negro plumaje-, es poseedora, como tantas otras dentro del Lago, de inúmeros misterios.
Hay en ella los cimientos de una antigua construcción donde, se dice, Manco Kapac fundó el imperio Inka luego de hundirse en la tierra la vara de oro que un día le regalara Wiracocha; vara que aún permanece bajo tierra en quién sabe dónde si no es en el Lago o en el valle sagrado de Cusco, vara que un pastor ha de encontrar un dia, dia en que los monolitos cobraran vida 5. También dicen, los más románticos, que, “llegado el momento”, todos los pájaros de la isla se ven como bañados de oro.
En Ch´oqella abundan plantas comestibles como el Isaño y la Chonk´ara. Esta última, de abundantes espinas sobre las cuales el Miji construye sus nidos, rodea la isla en un cinturón impenetrable para el hombre que, de no ser así, pronto se aventuraría a recolectar los frutos de la tierra y los huevos del Miji, de color entre azulado y verdoso, también comestibles.
No es por los huevos ni demás comestibles que Omar visita la isla, va en busca de la sangre del Miji para su guagüita. La niñita sufre temblores que le espuman la boca y en el Lago es creencia popular que la sangre de dicho pájaro, mezclada con vino, sirve como medicina para el mareo, el ataque de epilepsia y ayuda a mejorar la memoria (la carne de rana también es utilizada con este último fin).
Omar piensa en ella mientras rodea la isla hasta encontrar un espacio libre y saltar a tierra desde su bote. Pisa tierra firme y comienza a considerar las posibilidades de caza más seguras.
Bien decidido se abalanza contra uno que cuida los huevos de su nido, no es lo suficientemente rápido como para agarrarlo ni lo suficientemente ágil como para esquivar unas rocas que descansan en su camino, tropieza y va a dar directo de cara al suelo. De pronto, cuando ya se prepara para maldecir al cielo, otro miji se posa sobre una chonk´ara cercana. Omar coge su gomera y una pequena piedra, apunta, acierta y envuelve al pajaro atontado con el aguayo, como envuelve a su guagua.
Da media vuelta y de un salto se acomoda entre los remos, con cuidado deja el bulto colorido bajo el asiento cuando, ya las manos dispuestas en los remos, ve que otro miji se posa en la proa del bote, agitando sus alas de cara a Francisco y avisando, según la creencia, que desde allí se viene la tormenta.
Omar no da importancia al mensaje o no lo interpreta correctamente. No espera, comienza a remar mientras el pájaro continua en su sitio, de pie frente a él, acompañándolo hasta unos quince metros de la costa.
Y cuando ya se gloria de su suerte –incluso ya fantasea con un futuro mercado negro de mijis pues, según ha escuchado, pagan hasta mil bolivianos por pájaro- el cielo cambia pronto su pacífica hermosura por una mucho más austera; pronto recuerda las recomendaciones que sus padres le dieron cuando les comentara su idea de cazar un Miji para curar los temblores de su primogénita que, según un médico occidental, no son sino consecuencia de una precoz epilepsia.
Las palabras de sus padres resuenan tras sus ojos:
- Pronto debe volver quien atrapa un miji si no quiere que lo atrape la tormenta que desata su negro enojo.
El lago parece enfurecido o empecinado en derribarlo, Omar lucha con sus brazos de madera que son sus remos, apreta los dientes, escupe el agua que las pequeñas olas llevan a su boca y se frega con el antebrazo los ojos inundados.
Lucha y lucha inútilmente contra la corriente porque su bote ya se hunde, viejo y perforado en más de un lugar, víctima de su capricho.
El miji, libre de su prisión de lana colorida, se eleva por los aires, dibuja círculos y geometrías diversas mientras la tormenta retrocede y no es más que una pequeña mancha en el horizonte lejano.
Fuente: Don Francisco Mamani Amaro.
LA CERAMICA MALDITA
Un joven oriundo de las tierras situadas entre las comunidades Yumani y Ch´alla, extremo sur y centro de la Isla del Sol, respectivamente, dice que, en el profundo sueño de una noche, se le apareció el hombre más anciano de la Isla para indicarle los lugares, aunque sin mucha precisión, en donde descansan los ya mencionados tesoros ocultos de cerámica y oro inca.
El anciano le marcó dos sitios al norte de la isla y otro allí cerca de su humilde morada; bajo el explícito, incluso grave pedido de no tocar más que la cerámica de todo lo que allí iria a encontrar.
El joven, tan ávido como curioso, andando sin rumbo predeterminado, buscaba algún indicio que lo condujera al lugar indicado para comprobar la realidad de aquel sueño revelador, si es que lo era. Y asi anduvo hasta que, repentinamente, se detuvo por reconocer, en el paisaje que se delineaba frente a sus ojos, el fiel retrato a las palabras del viejo; donde brotaban contados restos de cerámica, como frutos de la tierra.
Comenzó a cavar, pues, con sus propias manos sobre la tierra dura y reseca, entre excitado y nervioso, en derredor a lo que parecía una estatuilla de cerámica amarilla; cavó y cavó hasta que la estatuilla quedara libre de su prisión de tierra y la alzó entre sus manos temblorosas, de pie dentro del pozo... y perdió la conciencia.
Al día siguiente fue encontrado por sus familiares, que ya lo buscaban por creerlo perdido, aun dentro del pozo y en completo delirio. Vieron que sus muñecas y su garganta presentaban las inconfundibles mordidas de una serpiente, mas nada vieron del presunto tesoro[12].
Fuente:
Manuel Mamani Mendoza, Isla del Sol.
HUMANTO, LA SIRENA
Como simétricas dagas de carne cortando las límpidas aguas del Titikaka viven innúmeros peces; entre los cuales reina, por mayoría y no por bravura, el Ispi, diminuto como el meñique de un hombre maduro. El Mauri, el Carachi, el Pintacho, el Suchi-Kuluchi y el Humanto, son especies todas de mayor tamaño mas reducida estirpe.
Este último, de poca espina y abundante carne –la cual se cree tiene propiedades curativas-, es especie ya extinta por el abuso de la pesca.
Hay quienes creen que no es así, que el último Humanto –en una transmutación fantástica que haría perdurar su especie- se convirtió en una bella sirena que desde entonces deambula por las aguas del Lago Sagrado, precavida de no ser vista por el ojo de la ambición, el ojo humano.
-
Un hombre que aún vive en la Isla del Sol cuenta que, de regreso a su casa, luego de un festejo matrimonial al que lo habían invitado, caminaba con el cansancio y, por qué no, con el alcohol de la mano, respirando el silencio de la madrugada y la pureza del Altiplano cuando sintió, cual Odiseo sin ataduras, el llamado de la sirena, dulcemente poderoso, que lo alentaba a acercarse a la orilla pedregosa.
El hombre continuó incontables metros, omitiendo el llamado misterioso, pero no por mucho más pudo andar sin dejarse llevar por tan irresistible voz. Era como si una fuerza ajena lo empujara a obedecerla.
Así, el hombre vio que realmente era una sirena, el último Humanto transmutado, que lo aguardaba en la orilla, sumergida su parte inferior en las aguas renegridas por el matiz de la noche, el torso desnudo y una abundante cabellera cubriéndole los hombros y parte de los senos.
El hombre, alentado por la extraña aparición, se dejó llevar por Humanto entre las aguas sagradas, conduciéndolo con natural destreza hasta dejarlo en un llano costero cercano a su casa, donde despertaría, solitario, pocas horas después del alba[13].
Fuente: Manuel Mamani Mendoza.
RAYUN TUQIT QULLIRE
MAGO DEL TRUENO Y DEL RELAMPAGO
La tarde, rendida a los pies del ocaso bajo un manto de espesas nubes como lana sucia, transcurre con el silencio de todos los días.
Ante la inminente tormenta, ya las pastorcitas reúnen sus rebaños para conducirlos a sus corrales de piedra, ya los pescadores amarran con vigor sus botes en la costa y los arrastran hasta casi fuera del agua, para que no se los lleve la creciente y agitada marea, ya las madres gritan a sus niños para que regresen de sus juegos.
Un viento fresco y puro se hace dueño del Lago y sus pertenencias, caen las primeras gotas como alivio a esa tierra sedienta que no conoce el agua de vertiente ni el riego de mano humana.
Poco a poco el viento se enfurece con la creciente lluvia; parecen redoblarse sus ímpetus en mutuo acuerdo. La oscuridad, cada vez más intensa e impenetrable, avanza sobre la tierra por el agua renegrida.
Ahora el horizonte presenta un oscuro telón que oculta las comunidades vecinas y hace de las islas circundantes una nada irrevocable, no ser por el relámpago que descubre las formas con su paso fugaz y silencioso, escoltado por el poderoso bramido de los truenos que avanzan para sumergirse en lo profundo del Lago y volver a brotar desde lo más profundo de los hombres.
Transversales a la tierra caen los rayos como latigazos de luz, uno tras otro en temible cadencia mientras corren los últimos hombres a refugiarse en sus casas de piedra, totora y adobe, los pájaros a sus nidos o refugios y el día tras el horizonte, ya expectante por sorprender a la noche, la siguiente mañana.
Así, dando el cielo un concierto de tremolantes truenos y un juego de luces danzantes, los habitantes del Titikaka contemplan desde sus refugios el ímpetu de la Pacha Mama. Mientras, un joven pastor que se demora en el llano en busca de sus llamas, es sorprendido por el poderoso brazo de un rayo que se descarga en su cabeza.
- Espero que no haya nadie aún ahí fuera, ha caído un rayo demasiado cerca –dice un viejo sabio de la comunidad contemplando desde la pequeña ventana de su cocina. Pero su esperanza no deja nunca de ser eso mismo: una simple esperanza.
La curiosidad le carcome la paciencia por saber si alguien ha sido alcanzado por el brazo del relámpago pero se contiene y espera, espera porque sabe que no es bueno ir al lugar del impacto, sabe que debe esperar a que caigan dos más –si es que el primero ha dado en el blanco- para evitar la muerte del que ha sido atravesado por el látigo de energía.
El joven pastor ve, increíblemente, su cuerpo despedazado: una pierna tras el árbol kiswara, el torso aun con un brazo colgando a pocos metros de él –o, por mejor decir, de su cabeza-, la otra pierna colgada de un árbol kolli y el brazo faltante se agita tras sus ojos, invisible a su cabeza inmóvil.
Y mientras se pregunta si todo aquello es un sueño o una falla en su percepción, un nuevo rayo cae sobre su cabeza, como si el poderoso Wiracocha estuviera ensayando tiro contra aquel blanco de hueso sangre.
Ahora el joven, como despertando de un sueño o de un desmayo, se encuentra tendido en el mismo lugar y una cosquilleante energía le corre por el cuerpo ya recompuesto, unificado. Y ya cuando se dispone a levantarse y correr en dirección a su casa pensando acertadamente que su madre y sus hermanos ya estarán preocupados, un tercer rayo golpea su carne y la atraviesa; lo deja de pie, como si fuera una mano amiga que lo ayuda a levantarse.
Se siente poderoso, reconfortado, sabe que el triple ataque de los dioses lo ha convertido, según la creencia popular, en el Mago del Trueno y del Relámpago[14].
Fuente:
Don Francisco Mamani Amaro.
EL ALMA DE LA ISLA
Una creencia popular dice que por el lomo de la Isla de la Luna se arrastra libremente una gran serpiente. Así, como el viento o los insectos transportan el polen, la idea de su imagen escamosa vuela de boca en boca.
Si bien nunca ha sido vista por los habitantes de la comunidad, ni por ojos extranjeros, Don Francisco asegura haber encontrado su piel abandonada en la parte más alta de la isla, imaginaria divisoria entre la comunidad, a un lado, y las terrazas de cultivos, al otro.
Dicha piel, desprendida de su dueña a raíz de un crecimiento saludable, era de un color amarillo en el lomo y blanco en su parte inferior; de unos aproximados siete metros de largo y veinte centímetros de diámetro, lo cual da no sólo pruebas de su existencia sino de la veracidad de sus proporciones.
Dice Don Francisco que esta serpiente es como el alma de la isla –que desde la lejanía se presenta con forma de serpiente paralizada en pleno movimiento[15]- y, quizá por esto mismo, hay quienes creen que si la encontraran y la mataran, su cuerpo se convertiría en una barra de oro con todo su peso y longitud, con toda su forma.
Cada año, en la época de lluvia, los rayos intentan asesinarla golpeando los eucaliptos tres o cinco veces, generalmente en lo alto de la isla, allí mismo donde han encontrado su piel y donde puede verse un conglomerado de estos árboles extranjeros; pero el alma reptante de la Isla hasta de los rayos permanece esquiva, como un fantasma se mueve invisible e ignorada del mundo, ella vive solitaria, escapando a la mano del hombre y del poderoso rayo de los dioses.
Fuente:
Don Francisco Mamani Amaro.
QATI-QATI
La bella Elvira pasaba cada mañana frente a la casa de doña Rosa, camino a las terrazas de cultivo, y aquella mañana vio cómo la mamita pintaba su puerta con el hollín de una olla de barro, con preocupado semblante y cuidadosamente con la mano derecha.
- Buen día, tía… ¿qué es lo que hace manchando su puerta?
- Buen día mijita. Es que anoche he escuchado al Qati-Qati gemir, y temo por la vidita mía o la de alguien de mi familia. Y dicen que de esta manera se escapa uno de la maldición de esta clase de espíritus.
- ¿Qati-Qati… qué o quién es ese, mamita?
- Qati-Qati es el espíritu de la persona que teniendo sed se ha dormido en luna llena; entonces su cabeza sale volando y gimiendo, deambulando en medio de la noche en busca de un poco de agua. Mientras, en su cama se escucha el sediento ronquido y el cuello se le ve rojo, como sangrante pues, hasta el momento en que la cabeza vuelve a juntarse con su cuerpo. Pero... si un perro la muerde en medio de su paseíto nocturno, no podrá unirse al cuello; entonces, regresando a un lado del cuerpo, le pide a sus seres queridos que la lleven con ellos –su cabeza- y que entierren o guarden el cuerpo, diciéndoles: “Soy una gran defensa para los viajeros. Pueden descansar donde hay ladrones, yo los defenderé”. Ese, mijita, es el Qati-Qati.
- Ah, sí, ahorita me recuerdo que mi abuelita me ha contado sobre él. También podemos evitar su maldición, si escuchamos su voz en la noche, gritándole: “Mañana vas venir muy temprano, te daré sal y ají”. ¿No ve?
- Sí, sí. Los niños se han quedado toda la noche despiertos por saber quién será el muerto pero, con la luz de la mañanita se han cerrado las cortinas de sus ojos y… ¡ahorita vienes tú a ser la primera persona que pasa!
- Pero... ¿qué significa eso?
- ¿Es que no sabes, mijita, que la primer persona que visita la casa a la mañana siguiente donde se oyó la voz del Qati-Qati, morirá poseída por este espíritu? ¡Y tienes una manchita de tizne en tu rostro, Elvirita, y eso es signo de la maldición del sediento Qati-Qati!
- ¡Ay, no, mamita! ¡No me diga eso!
- ¡Y qué quiere que le diga! Incluso ahorita recuerdo que anoche, al salir a buscar un poco de agua del Lago para dejar unas ropas em remojo, con el farol que es la luna llena alumbrándome el sendero, escuché la voz clara del Qati-Qati que repetía su propio nombre, con voz fina como la de una mujer y… ¡usted bien lo debe saber...! Eso significa la muerte de una mujer pues, de lo contrario su voz sería clara y gruesa como la de un hombre.
- ¡Ay de mi, tiíta! ¡Tan joven para morir y sin un muchacho que me llore! –dijo la bella Elvira al despedirse de doña Rosa, continuando su camino.
A los pocos metros y al borde del abismo resbaló la bella Elvira al tropezar con una de sus ovejitas retrasadas, ayudándola a caer cuesta abajo y dejar la vida colgada en las ramas de un eucalipto.
Sopla un suave viento que se retuerce entre el escaso follaje andino y simula una voz tenue que susurra a los oídos atentos: Qati-Qati, Qati-Qati, Qati-Qati…
Fuente:
Rita Tikona Mendoza
EL KHARISIRI
- ¡Lo juro! ¡Juro que lo he visto! ¡Tenía la forma de un gallo! –decía con miedosa excitación el joven pescador a su amigo de toda la vida- Es cierto que mi habitación se perdía en la oscuridad y no podria decirte de qué color eran su plumaje... pero te aseguro que lo vi con claridad. Vi el brillo de sus ojos que me miraron desde la puerta entreabierta antes de desaparecer, chispeantes, como dos estrellas fugaces.
- Tranquilízate amigo, y esperemos a que el tiempo demuestre si esos tus temores son reales. Puede que fuera un sueño o una imaginación o un juego de tus ojos que, aún dormidos, intentaban acostumbrarse a las formas materiales de la Pachamama.
- ¿Esperar? ¿A qué? ¿A que mi muerte se cargue en tu conciencia? No, señor. Ahorita iré yo a lo del yatiri a que me adelante el tiempo y me demuestre, como has dicho, la realidad de mis temores. El miedo no me permite esperar ni um segundo más. Además, no sólo aquella aparición me convence de mis temores, hoy he comido huevo en la xajra[16] y… ¿adivina qué? He sentido un malestar fuerte en la barriga¬[17].
- Vete, pues.
Sin dilación el joven pescador se dirigió a la casa del yatiri, a través del camino ondulante. Sus pasos eran marcados por el terror mientras sus pensamientos corrían con la velocidad de sus piernas y tropezaban, lo mismo que sus pies con las rocas sobresalientes, con incontables imaginerías.
El yatiri, sentado en el patio de su humilde morada, con las piernas cruzadas sobre un cuero de alpaca, recitaba un conjuro frente al fuego donde se ahumaban algunas hojas de coca y demás hierbas.
Deteniéndose, miró al joven de soslayo y le hizo señas para que entrara.
- ¿Qué se le ofrece?
- ¡Creo que me han embrujado, yatiri!. Dormía con gusto acompañado de bonitos y amables sueños cuando, al sentir un punzante dolor en el costado derecho, aquí en la cintura, me desperté. O al menos eso creo. También vi que un gallo se escapaba en la oscuridad.. ¡Y yo no tengo gallos! ¿Puede decirme qué significa todo eso? Porque, si es lo que pienso… ¡No sé qué hacer yatiri!
- Pues, claro. Por el dolor que dices y por la imagen que has visto no hay otra explicación: has sido víctima del Kharisiri.
- ¿Usted cree?
- Sí, el Kharisiri es un mago que le saca el cebo a la gente, lo vende en los hospitales o lo utiliza para hacer velas rituales. El cebo lo quita de la espalda o la cintura de sus victimas, por eso el dolor que has sentido en tu costado derecho. Jamás deja heridas el Kharisiri, y sólo cuando la víctima muere, las lastimaduras aparecen. Siempre, siempre se presenta el brujo con forma animal, puede ser un perro, un burro, un gallo, incluso en la forma de hombre puede presentarse, o de cualquier otro animal. Y así como has dicho, durmiendo o caminando puede aparecerse, y tanto en sueños como en la realidad puede encontrarte. En un mes te morirás.
- ¿Y qué puede hacer? ¡Yatiri… ayúdeme por favor!
- Mira, hay un antídoto que te salvará de su magia. Esperarás a que lo prepare.
- Jamás esperaré con tanta alegría y paciencia.
Entonces el yatiri, con toda la parsimonia de que es digna esa raza del altiplano, sumada a la de todos los chamanes y magos, se levantó de su sitio y comenzó a preparar el brebaje. Dulce licor para un joven que no tenia menos ansias por la salud de su cuerpo que por tranquilidad de su espíritu.
Poniendo sobre el fogón una vasija de barro comenzó el experimentado yatiri a mezclar los ingredientes: algunas semillas de Wayruro, un centímetro de un cordón umbilical seco, algunas habas negras y un puñado de maíz, también negro.
El líquido humeante se tornaba cada vez más oscuro y, luego de revolverlo con lentitud durante incontables minutos, alzó la olla entre sus manos y sirvió en un pequeño cuenco de barro el negro remedio.
- Bebe –dijo mientras ponía ante sus ojos el humeante cuenco.
- Aunque me dieras de beber un té de excrementos, hombre sabio, lo bebería con gusto. Tal la confianza que me da tu experiencia en cosas como esta –el joven pescador alzó entre sus dedos temblorosos el cuenco y, sin siquiera respirar, lo derramó en su interior.
- Ahora puedes regresar a tu rutina y despreocúpate, la maldición del Kharisiri ya no te acosa. No dejes que tus pensamientos te extravíen.
Fuente:
Don Francisco Mamani Amaro.
UN EMBARAZO SINGULAR
La comunidad Sampaya, situada frente a las Isla de la Luna a unos aproximados cuatro kilómetros, presenta un conglomerado de pequeñas casas construidas sobre una base ancha que gradualmente se estrecha hacia el techo para evitar el desmoronamiento; sus ventanas son pequeñas con el fin de evitar la entrada de los muchos espíritus que deambulaban por el cerro y sus muros, de amarillentas piedras, acaban en un techo de totora a modo de sombrero.
Hay caminos, también de amarilla piedra, que desde la costa se sumergen en el Lago y conectan el pueblo con la Isla de la Luna, lo cual da clara evidencia de un pasado antediluviano. Desde la costa rocosa hasta la comunidad asentada en lo alto del cerro pueden verse las ruinas de soledosas.
Y allí, donde el paraje es rocoso en extremo a diferencia de las reverdecidas cimas, abundan las serpientes.
Cuenta la historia que una joven, que vivía con su madre en dicha parte baja, despertó una mañana con el vientre hinchado como si estuviera embarazada de varios meses.
Al cabo de unos dias la hinchazón continuaba, por lo que su madre supuso, vaya uno a saber con qué convicción, que se le había metido una serpiente durante la noche, confundiendo el vientre de su querida hija con su morada.
- Seguramente ha de querer un poco de leche.
Entonces hirvió un poco y la puso en un cuenco de cerámica entre las piernas abiertas de su hija. A los pocos minutos la joven “dio a luz” la cabeza de la serpiente. Ante el asombro de ambas, luego de beber con su lengua hasta la última gota, volvió a su encierro uterino. El miedo y la sorpresa no le permitieron a la madre cogerla por el cuello.
Sin saber qué hacer ante tal extraño acontecimiento, madre e hija pasaron los días en busca de una solución o remedio para aquel mal; días en los cuales la serpiente, no teniendo qué comer, poco a poco fue alimentándose del interior de la joven que no hallaría otro remedio sino la muerte.
Fuente:
Don Francisco Mamani Amaro.
MEQALI, LA ESTRELLA FUGAZ
Una de las hijas aymaras, de nombre Meqali, pastorcita que no tenía dientes ni muelas como los demás –de modo que tenía que deshacer el tostado de maíz con las encías-, se reunía siempre en el llano con sus amiguitas, también pastoras, mientras sus rebaños se alimentaban.
- Ay, como quisiéramos un poco de pan –dijeron un día las demás pastorcitas, pero en aquel entonces no había pan en las islas del Titikaka.
- Yo les traeré –dijo entonces Meqali, seria pero con alegría.
- ¿Pan? Pero… ¿de dónde lo traerás? –se rieron las otras.
- Iré a Puno y verán. Traeré hartos panes para todas.
- ¿Hasta Puno irás por un poco de pan? ¿Pero… cómo?
- Eso no importa. Me cuidarán las ovejitas mientras me ausento, ¿no ve? –dijo a sus compañeras antes de penetrar en la húmeda oscuridad de un túnel cercano que tiene un encanto, siuado bajo el cerro Rosani o el Calvario, al norte de la Isla del Sol.
Luego de una hora, mientras sus amiguitas aún reían y bromeaban sobre las ocurrencias de su amiga, vieron que Meqali regresaba del túnel con hartos panes grandes dentro de su aguayo, repartiéndolos entre sus compañeras que, como el túnel, quedaron encantadas.
Pasaban los años y en aquel entonces aún no existía la helada ni el granizo ni la maldad cabía en los humanos corazones, de modo que la joven Meqali siempre llevaba, como cuando niña con el pan, muchos productos desde Puno y Cusco para regalar a sus paisanos.
Una tarde, Meqali pidió a su enamorado que por favor no la visitara en los días martes ni los viernes, con el pretexto de estar muy ocupada en los quehaceres domésticos.
- Ya, ya –contestó él ocultando la tristeza que llevaba dentro por creer que su queridita le andaba engañando o, al menos, algo le estaba ocultando.
Así, un martes por la noche, no pudiéndose contener y doblándose ante el poder de la especulación y la fantasía digna de un amante desconfiado, el joven se dirigió a la casa de Meqali. Cual ladrón se asomó por la ventana de su habitación y… ¡Incomparable imagen la que vieron sus ojos!
Meqali, desnuda en medio de su habitación, tenía fuego brotando de sus orejas y de su trasero. La joven, sin ver a su enamorado, de un salto remontó vuelo a través de la ventana, dejando una brillante estela en su camino aéreo.
- ¿Qué es esto? ¿Qué está pasando? ¿Qué sale a hacer a estas horas de la noche oscura y por qué brota ese fuego de sus orificios? –se decía el enamorado, aún cegado por el resplandor de la joven mujer. Tan sorprendido estaba que pasó varias horas sentado al pie de la ventana, pensando en todo aquello y en nada, según el grado de asombro.
Así adentró el amante en la hora cuarta de la noche y así la vio regresar fugazmente por la misma ventana que saliera horas antes. Se acercó y, una vez más sorprendido e incrédulo, vio que de sus trenzas chorreaba harta plata líquida.
Es por estas y mas historias singulares que, tiempo más adelante, cuando era ya vieja, la juzgaron de bruja y decidieron quemarla.
Juntaron leña con gruesas espinas y la amarraron a esa especie de pira funeraria. Meqali gritaba de dolor por las espinas que penetraban su carne y sangraba, como bautizando aquel fuego que, a difrencia del propio, la consumia.
- ¡Vieja bruja! –le gritaban mientras la pobre inocente ardía entre las llamas.
Desde aquel día las comunidades de la zona sufrieron un hambre de siete a doce años; años donde se vieron muchos hombres y niños moribundos en Quyawaya, queriendo arrancar hierbas con sus dientes y también raíces, tendidos en el suelo por no tener más fuerzas que para arrastrarse.
Desde entonces es popular creencia que al pasar a Meqali, la estrella fugaz, hay que arrojarle el zapato o la abarca izquierda, para evitar su maldición.
Fuente:
Rita Tikona Mendoza.
EL ALMACÉN DE LLUVIA
Preocupadas estaban las autoridades de la comunidad por la lluvia que no llegaba –pues el sistema de cultivo en las islas del Titikaka se basa en escalonadas terrazas que jamás son regadas por la mano del hombre sino únicamente por el capricho o deseo de la Pacha Mama-; y en verdad que se estaba haciendo esperar pues, hacía meses que no caía una gota, incluso ya eran tiempos de lluvia y nada.
Así es que, a la hora cuarta de la tarde, el sabio Yatiri y las autoridades de la comunidad fueron donde el Pullapullani, que tiene el don de llamar a la lluvia, y juntos sacaron una rana –no sin antes pedir permiso al Lago con hojas de coca sepultadas cuidadosamente bajo las piedras-, la depositaron en un cántaro de cerámica y, en un pequeño rito, la rociaron con vino y con flores de Geranio adornaron el cántaro y sus sombreros.
Así fueron donde el Sectario General, el Jilakata, y casi hasta las cuatro de la madrugada challaron con vino, coca, tabaco y música (que generalmente es una pinquillada), mientras las mujeres esperaban reunidas con abundante comida que prepararon para la ocasión.
Terminada la challa los hombres subieron bailando el cerro Calvario con el cántaro entre las manos mientras el Pullapullani clamaba por lluvia y dejaba el cántaro para hablarle a la lluvia mientras sus compañeros, con la diestra, dibujan con sus sombreros círculos en el aire.
Repitieron aquel rito cada noche sin resultados, y así ellos como el sapo esperaban el agua que es alimento para ellos y vida para el otro.
Entonces, ya cansados de aquel rito estéril, sacaron de las casas a los niños y bebés y los hicieron llorar y cantar, ya acompañados de sus mujeres:
- ¡Salgan a la montaña, que ustedes no saben comer por qué están durmiendo hasta tarde, vamos a clamar por la lluvia, salgan! –y todos juntos hicieron cantos de alabanza a los dioses y la Lluvia y se pedían perdón mutuamente por las ofensas que causaron a sus hermanos y se abrazaban.
Mientras, los Sectarios y Yatiris retornaban a sus hogares y la lluvia… nada.
Entonces resolvieron ir a Perú al Cerro Qhapia, el Almacén de Lluvia, que desde el lado peruano del Lago se ve siempre poblado de nubes, por lo que su cima esta siempre oculta, y tiene tres fuentes de agua que son alimentadas por una laguna interior que tiene debajo: una es granizo, otra lluvia y otra helada.
El yatiri, luego de leer por la coca le indico a la comunidad quién debería ir: un joven que fuera ágil y lozano porque el cerro es alto, bien alto y requiere de gran agilidad y resistencia, acompañado de otros dos jóvenes, estos últimos voluntarios.
Así, luego de una ardua travesía y antes de pisar el cerro, pidieron permiso al Qhapia ofreciendo coca, misa, vino y tabaco. Y el cerro les dio a entender que podían pasar.
Alzaron el cántaro y el cerro les indico cuál fuente debían tomar de las tres. Y volvieron con el cántaro con el agua de lluvia mostrándolo a las autoridades y gritando:
- ¡Entren que ha llegado la lluvia!
Entonces fueron al lomo de la isla con el cántaro aun entre las manos y challaron todos juntos hablándole al agua y haciendo con sus sombreros círculos en el aire y lo mismo las mujeres con sus taris o encuñas (paños cuadrados de tela colorida de aproximadamente treinta por treinta centímetros):
- Bien que te has venido, aguita de lluvia; ahora llueve por favor, que se secan los cultivos y debemos alimentar a los niños.
Y cuando ya comenzaba a llover alzaban el agua que caía de los techos ondulados como canales y la besaban entre sus manos agradecidas, saltando de alegría mientras su tierra y sus cultivos sonreían a la vida.
Fuente:
Rita Tikona Mendoza.
MONOLITO DE LA PACHAMAMA
Existen en el Tiwanaku varias esculturas de piedra o monolitos -sin contar las de oro y plata que han desaparecido bajo la codicia de los colonos- entre los cuales hay una que goza de magica fama.
El monolito Bennett o de la Pachamama fue en verdad descubierto en el año 1902 por Georges Courty quien, por no tener los medios necesarios de protegerlo de un saqueo inevitable, volvió a enterrarla. Exactamente treinta años después el arqueologo Wendell Bennett, con autorización del gobierno, reanudó las excavaciones y lo dio a conocer al mundo con su nombre.
Las autoridades querían trasladar el monolito a la ciudad de La Paz para su exposición, lo cual consiguieron luego de varias contradicciones. El 25 de abril de 1933 comenzaron los primeros trabajos para el traslado del monolito y no fue sino hasta el mes de Julio del mismo año que consiguieron trasladarlo a través del ferrocarril hasta el Paseo del Prado. En el año 1940 vuelve a ser trasladado, esta vez al barrio paceño de Miraflores. Finalmente, en Marzo de 2002 fue devuelto a su lugar de origen, el Tiwanaku.
El monolito de la Pachamama fue esculpido en piedra arenisca roja, de unos siete metros y medio de alto (incluyendo la base) y fue encontrada casi al centro del templete semisubterráneo, recostada en forma inclinada, tres metros bajo tierra. En su posición original, el monolito estaba orientado con su parte delantera hacia el sur, es decir, mirando hacia la escalinata de acceso al templo de Kalasasaya.
Muchos creen que este monolito es conocido como "kencha" (que trae mala suerte). Gran parte de esta mala fama se debió a su traslado y no son pocas la pruebas que lo corroboran.
Es interesante saber que los días en que el monolito fue redescubierto coinciden con las primeras escaramuzas paraguayas para recuperar la laguna Chuquisaca o Pitiantuta, que desembocarían en la Guerra del Chaco, donde Bolivia llevo la peor parte.
Los miraflorinos que vivían en los perímetros del estadio Hernando Siles dicen que lo escucharon llorar y otros vecinos, también de Miraflores, comentaron: "los años que estuvo por acá no trajo nada bueno: accidentes, desgracias y subdesarrollo. Es vengativo".
El periódico Crónica publica: -“del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”-recuerda que en Enero de 1935, un año después de su instalación en la avenida 16 de Julio, ocurrió algo increíble: “...algo que seguramente nunca ha de volver a repetirse en la historia de La Paz: Las aguas del Choqueyapu que corren paralelas a dicha avenida, pero a una distancia de 200 metros y un nivel muy inferior al de la avenida, se desbordaron y corrieron por la calle Recreo y la mencionada arteria, rodeando por completo la base del monumento megalítico”.
Es de recordar que, en 1935, las aguas del lago Titicaca descendieron de tal modo que permitieron a Arturo Posnansky observar, frente a la isla de Anaphia, “que desde el interior del lago emergían enormes bloques labrados en hileras formando una especie de fortaleza”. Asimismo, los indígenas del altiplano emigraron hacia los valles por la presencia de una gran sequía en la región; en tanto que en la ciudad de Cochabamba se produjo una gran inundación.
El 21 de Febrero del 2002, se publicó en los medios de comunicación social que gran parte de la tragedia que vivió la ciudad de La Paz se debía al hecho de querer trasladarlo sin la autorización de las w'akas. Al respecto, el aimara Valentín Mejillones sentenció: “Lo que ocurrió el martes 19 (habla de la inundación que fue victima La Paz) y lo que sucederá en futuro hasta que el Monolito Bennett pretenda ser transportado sin el permiso a los sagrados espíritus, que son dueños de la cosmovisión andina, está en las profecías”.
Son estas y muchas otras razones por las cuales las autoridades decidieron devolver el monolito a su lugar de origen; sin tener en cuenta, por simple negligencia para con los objetos sagrados, su exacta ubicación y orientación, asentandolo sobre una base incorrecta.
Desde entonces el monolito de la Pachamama continua poco a poco deteriorandose lo cual, claramente, es símbolo del deterioro de la Madre Tierra por el hombre.
Así, el día de su total destrucción, dicen, será el de nuestro planeta.
fuentes: Nativo de la Isla del Sol /
NOTAS
[1] Wiracocha, también conocido como Apu Qullana Awki en el Perú, es decir, Dios Padre, es, obviamente, el Dios principal en la cosmogonía andina.
[2] El Illampu de 6.485 metros sobre el nivel del mar.
[3] Achachila es una forma de llamar a los dioses.
[4] Awka = espíritu del Mal.
[5] Tata Inti = Padre Sol.
[6] La historia cuenta que Mallku Capac y Mama Ocllo, aferrados durante la interminable y dolorosa lluvia a un cúmulo de totora que les sirvió de precaria balsa, lograron sobrevivir y partieron desde la Isla del Sol hacia Puno o Puñuy (refugio) por indicios del Tata Inti tras revelarle que en el lugar donde se irguiera la vara de oro, que en ese momento les obsequiaba, echarían raíces. Lo cual acontecería al llegar a Cuzco, fundando entonces el gran imperio Inka de los hijos del Sol.
[7] Es por eso que llaman al dicho lago Titi (puma) Karka (piedra), el Lago de los Pumas de Piedra, el Titikaka.
[8] La medida del estrecho iguala el ancho de la Isla de la Luna, como evidencia y respaldo a esta creencia.
[9] Otras versiones del mito cuentan que el asesino de la serpiente fue Wiracocha.
[10] Actualmente puede verse, en el extremo norte de la Isla de la Luna, la cabeza desgarrada de la serpiente donde la tierra es rojiza, como teñida de sangre.
[11] Esto da certera fe de que antiguamente se vivía en las partes bajas del valle antes del diluvio que lo convirtiera en lago; como respaldo a esta teoría pueden verse, en diversas regiones del Lago, otras pequeñas comunidades sumergidas y caminos de piedra que las comunican.
[12] Hay quienes aseguran que en verdad el tesoro fue encontrado, sólo que rápida y furtivamente vendido. También se cree que no sólo habría encontrado aquella estatuilla de cerámica sino también gran parte del oro inca.
[13] Como confirmación y respaldo a sus palabras, en los comienzos del siglo XXI, un grupo de gente en Copacabana asegura haber capturado a la sirena del Lago y, no contentos o saciados con aquello, la conservaron enjaulada, como si se tratara de una fiera iracunda, con la intención de exponerla como preciado trofeo; pero una sucesión de tormentas, inundaciones y desastres meteorológicos que ocurrieron durante los días siguientes a la captura obligaron a dichas personas a liberarla, sin tener siquiera la oportunidad de fotografiarla o, al menos, mostrarla al mundo incrédulo.
[14] Dicha creencia dice que si alguien se sienta a llorar o pensar tristezas donde ha caído un rayo, queda preso a la maldición: comienza a tartamudear, tremolar y a sentir el calor de una energía quemante y se siente como atado como con un chaleco de fuerza, mientras los demás lo ven bien, normal.
Y no hay más curandero que el que ha sido atacado por el triple rayo, el Mago del Trueno y del Relámpago, y que debe ofrecer incienso en sahumerio y flores en el lugar de la caída como ofrenda para quitar la maldición.
[15] Véase “El nacimiento de la Isla de la Luna”.
[16]Xajra se refiere a una comida, generalmente sopa acompañada con photi (banano, papa o chuño), a las diez de la mañana.
[17] La creencia popular dice que la víctima, luego de comer huevo o pescado, comienza a sentir profundo malestar en su cuerpo.

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